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Lo bueno y lo malo de la deuda, Fernando Calzada Falcón
No soy ni he sido partidario del endeudamiento. En cambio, soy un convencido de que debemos vivir con nuestros propios recursos. Ya debemos saberlo: la deuda en sí misma no es algo bueno ni algo malo. Es buena o mala dependiendo de las respuestas a las preguntas de por qué, para qué, en qué condiciones, quién y cómo se pagará la deuda. Por ejemplo, es una excelente forma de disfrutar desde ahora de un bien que nos servirá para incrementar nuestro capital. Determinada persona compra mediante crédito un vehículo, no sólo para aprovecharlo y poder salir a pasear con su familia, sino también porque se asociará con alguien que ha puesto un negocio con buenas perspectivas cuya producción debe entregarse a domicilio. En este caso, claramente contrajo una deuda porque la cantidad de dinero requerida para la adquisición del vehículo superaba con mucho sus ahorros: aquí la deuda se transforma en inversión, pues en adelante lo que gane alcanzará con creces tanto para pagar los intereses, el capital y su depreciación como para proporcionarle un mayor ingreso con el que podrá acrecentar el bienestar de su familia. De la misma manera podríamos hacernos de una casa, un refrigerador o algún otro bien indispensable.
Para saber lo anterior no se necesita ser una lumbrera en cuestión de finanzas. Ahora fijémonos en el caso siguiente. Pedro tiene un ingreso mensual de 20 (ponga el lector las unidades monetarias que desee) y no acostumbra hacer uso del crédito porque apenas empieza a ser autosuficiente al conseguir su primer empleo. Esos 20 los ocupa en su mantenimiento. Un buen día, el representante de algún banco se acerca a él y le ofrece una tarjeta de crédito. Él acepta gustoso, siente que ahora sí va a vivir mejor. La tarjeta tiene un límite de 15. El fin de semana sale con sus amigos, algunos sostenidos por sus padres por lo que están limitados a lo que se les pueda dar que no es mucho, se siente importante, tiene un estatus diferente a la mayoría de sus amistades, y decide invitar. Le da el estrenón a la tarjeta y paga la cuenta que suma 10. En las quincenas siguientes se dedica a gastar en lo mismo que erogaba cuando aún no tenía tarjeta hasta que le llega su estado de cuenta en donde le señalan que debe hacer un pago mínimo, mismo que realiza pero advierte que ya no le alcanza para disfrutar los mismos gastos que antes. Piensa que la providencia le envía un representante de otro banco que le ofrece también una tarjeta y ahora ya podrá gastar como en los tiempos recientes antes de que pagara en el antro. Es el camino que muchos recorren. Conclusión: una vez contraída una deuda ya no puedes gastar la misma cantidad que cuando no eras un tarjetahabiente porque tus ingresos siguen siendo los mismos. Así que o aumentas tus ingresos (siempre más complicado) o disminuyes tu gasto, o una combinación de ambas políticas. ¿Quién pagará los costos de este sobreendeudamiento? No es difícil la respuesta: él. Así es la economía, como escribió Martín Girard en las páginas de El País refiriéndose a otro tema, “el autobús que se atrasa sólo puede atrasarse más, ya que más gente espera en las paradas y tardará más en subir y bajar. La única manera de evitar el atraso consistiría en mantener durante el resto del trayecto, las puertas cerradas. O en no parar.” Cerrar las puertas o no parar sería una forma distinta de llamarle a lo que los economistas califican técnicamente como ajuste.
Lo dicho nos parece obvio (aunque luego nos comportemos como si lo olvidáramos). Con la deuda pública sucede algo similar, pero es más grave. Como le escuché decir a un ex gobernador, en finanzas públicas sólo te equivocas una vez; todo lo demás serán consecuencias de ese error. Lo obvio: si un gobierno contrata deuda, desde luego que no podrá gastar bajo parámetros iguales a cuando no lo había hecho. Pongamos por caso que ese país, estado o municipio, tuvo una disminución abrupta de sus ingresos por x razón. Si existe la certeza de que es algo absolutamente temporal, atípico, tal vez lo mejor sea contratar crédito para no interrumpir programas que están en marcha. Por supuesto, en el ejercicio del siguiente año habrá que bajar el gasto para poder cubrir los compromisos asumidos con el banco. Ahora, si no es pasajero sino la realidad de nuevas reglas del juego (por ejemplo una reforma al marco jurídico), entonces las cosas son muy diferentes y habrá llegado la hora de replantearse programas de gasto y muchas otras cuestiones. Entre más tiempo corra sin que se tomen esas decisiones, el ajuste será más doloroso y costoso. También el endeudamiento puede ser justificable porque se vivió una catástrofe que obliga a realizar un gasto extraordinario.
Diferentes estados y municipios se han endeudado más allá de lo prudente. Acudir al argumento de que hay otros que están peor, me parece una ñoñería. Aunque salí reprobado en el examen no estuve tan mal porque saqué 4 de calificación y otros hasta cero. Mi calidad de reprobado no cambia en absoluto. ¿Y por qué no compararse con los que están mejor y tratar de ser como ellos? Que otros tengan relaciones deuda/PIB, deuda/ingresos totales, deuda/ingresos no etiquetados, deuda/ingresos propios o deuda/participaciones peores no es ningún consuelo. Es como decir que en México la pobreza no es tan grave como en Nepal: ¿por qué no mejor nos comparamos con los finlandeses? Estas relaciones no son suficientes para calificar como admisible una deuda. Más importante que eso son las razones para las que se contratan créditos. Es muy diferente cuando se hace para construir una obra vial por la que se cobrará una cuota, en donde incluso la fuente de pago es la cuota de peaje en el largo plazo, o para construir una planta potabilizadora que dotará de recursos al erario mediante el cobro de derechos, que cuando se trata de completar el ingreso del año, pues si no alcanza para este menos será suficiente para el siguiente porque hay que empezar a pagar. Por eso hay criterios de la Suprema Corte de Justicia de la Nación que establecen cómo entender el postulado constitucional de que la deuda pública debe ser para inversión pública productiva: que directa o indirectamente conduzca a una elevación de los ingresos. Así que cuando se contrata deuda debe analizarse si va a darse dicho incremento.
Finalmente, hay una enorme diferencia entre la deuda que contrata un particular y un gobierno. La del primero la pagará sólo él, no es así la deuda pública. Lo que se ha vivido en parte del país es perverso. Un gobierno adquiere una deuda que no pagará, ni siquiera estrictamente hablando los siguientes. Es más que un asunto de gobiernos. Pagará la sociedad que se verá privada de programas gubernamentales porque durante muchos años una significativa cantidad de dinero se dedicará a pagar. Es injusto, aunque a los economistas no les gustan estos términos. Por eso digo que el endeudamiento excesivo obligará a un ajuste de las finanzas públicas (ya se verá qué tan severo). No se necesita ser un Nobel de economía, sino ver la realidad.
21/noviembre/2012
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Tagged AMLO, Calderón, deuda, economía, economistas, endeudamiento, EPN, finanzas, global, méxico, Mexicano, Suprema Corte de Justicia
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Senda económica a la felicidad I
Durante muchos años pensé que sentirse bien, ser feliz (o lo más cercano a eso), era sobre todo un asunto individual. Aunque en esencia lo sigo pensando, cada día que pasa me convenzo más de que hay un componente social, colectivo, que facilita o entorpece ser feliz. Creo que no digo nada nuevo si afirmo que la incertidumbre acerca del futuro económico es un factor que influye para generar molestia en las personas. Si uno se junta con personas insatisfechas con la vida que llevan porque no han logrado, por ejemplo, ver culminadas sus expectativas de cuando fueron jóvenes, es probable que nos vayamos contagiando de ese estado de ánimo; en cambio, convivir con quienes aún en la adversidad conservan buen ánimo nos transmite bienestar. El asunto a dilucidar es si desde el gobierno se puede hacer algo (diseñar, instrumentar y constatar de forma mensurable la efectividad de las políticas públicas aplicadas ex profeso) para evitar la depresión de los individuos y generar felicidad.
En una colaboración anterior me referí en términos muy generales, basándome en la opinión del (re) conocido economista estadounidense Jeffrey Sachs (hoy presidente del Instituto de la Tierra de la Universidad de Columbia), sobre la experiencia del Reino de Bután, en donde el gobierno modificó la manera de cuantificar el progreso: no se mediría el crecimiento del Producto Nacional (o Interno) Bruto (PNB), sino que el indicador fundamental sería el comportamiento de lo que definió como Felicidad Nacional Bruta. Remataba mi colaboración señalando que ojalá y en el futuro Sachs nos regalara muchas más reflexiones en torno al tema. La noticia es que así lo ha hecho. Recientemente se ha publicado ya en español su libro El precio de la civilización (que no he encontrado en las librerías de México pero que en internet logré leer tres capítulos).
Sachs abunda en la experiencia de Bután y refiere que fue creada la Comisión para la Felicidad Nacional Bruta con objeto de supervisar las medidas que cuantificarían y darían seguimiento a los cambios en dicha felicidad. Así que se definieron nueve ámbitos: 1) bienestar psicológico; 2) uso del tiempo; 3) vitalidad de la comunidad; 4) cultura; 5) sanidad; 6) educación; 7) diversidad medioambiental; 8) estándares de vida, y 9) gobernabilidad. Cada uno de éstos se mide con una serie de indicadores específicos. “Lo destacable es la combinación de medidas económicas relativamente normalizadas, como los ingresos de las familias y la educación, con medidas de integridad cultural (por ejemplo, el uso de dialectos, el compromiso con los deportes tradicionales y los festivales comunitarios), ecología (por ejemplo, la cobertura forestal), situación sanitaria (por ejemplo, el índice de masa corporal, el número de días que se está sano al mes), bienestar de la comunidad (por ejemplo, la confianza social, la densidad de parentesco), localización temporal y salud mental en general (por ejemplo, indicadores de trastornos psicológicos)”.
Así como no se puede afirmar que estemos bien porque la economía funciona con las principales variables en estabilidad (inflación, tipo de cambio, balanza de pagos y reservas internacionales, déficit público, tasa de interés), mientras tengamos un crecimiento mediocre, con tasas que no alcanzan a generar los empleos suficientes en el sector formal, así tampoco podríamos afirmar que con un buen desempeño económico (crecimiento competitivo y estable a tasas más elevadas, incremento del empleo y del ingreso promedio, etcétera), nuestro panorama mejoraría en los demás órdenes: habría que ver también cómo están la salud, la educación, la desigualdad social, la pobreza, más todo aquello que le queramos añadir. Pero, aunque todo eso mejorara significativamente, eso tampoco garantiza que individual y colectivamente nos vayamos a sentir mejor, satisfechos, felices. Todo eso nos daría una amplísima base, sin duda. Se necesitan cubrir otros requerimientos.
Por eso, expone Sachs sobre Estados Unidos, “es fácil perder de vista el objetivo último de la política económica: que la gente esté satisfecha de la vida. Este último objetivo debería ser incuestionable en un país fundado para defender el inalienable derecho a perseguir la felicidad. Pero no sólo estamos perdiendo oportunidades de fomentar la felicidad a través de nuestros compromisos colectivos, sino que incluso estamos perdiendo la oportunidad de medir la felicidad de modo que podamos evaluar qué estamos haciendo como nación. Nuestra obsesión por el crecimiento del PNB distrae nuestra atención de indicadores más importantes”. Y recuerda un discurso de Robert F. Kennedy Jr. que por el alto significado que tiene y lo emotivo lo cito completo:
“Nuestro Producto Nacional Bruto es ahora aproximadamente de 800.000 millones de dólares al año, pero ese Producto Nacional Bruto, si juzgamos a Estados Unidos por él, computa la contaminación atmosférica, y los anuncios de cigarrillos, y las ambulancias para limpiar nuestras autopistas de muertos. Computa las cerraduras de seguridad para nuestras puertas y las cárceles para las personas que las forzaron. Computa la destrucción de las secoyas y la pérdida de nuestras maravillas naturales en terribles borrascas. Computa Napalm, las cabezas nucleares, y los coches blindados de la policía para combatir los disturbios en nuestras ciudades. Computa los rifles Whitman y los cuchillos Speck y los programas de televisión que ensalzan la violencia para vender juguetes para los niños. Sin embargo, el Producto Nacional Bruto no tiene en cuenta la salud de nuestros hijos, la calidad de su educación, o el goce en su juego; no incluye la belleza de nuestra poesía o la solidez de nuestros matrimonios, lo documentados que están nuestros debates públicos por la integridad de nuestros funcionarios. Ni mide nuestro ingenio ni nuestro coraje, ni nuestra sabiduría ni nuestros conocimientos, ni nuestra compasión ni nuestra devoción a nuestro país; en resumen, mide todo menos lo que hace que la vida merezca la pena. Y puede decirnos todo sobre Estados Unidos, excepto por qué estamos orgullosos de ser americanos”.
Por fortuna, cada día gana terreno la postura de los economistas que pugnan, sí, porque haya estabilidad, pero también crecimiento, y que incluso se atreven a ir un poco más allá, en otras palabras, que han recordado (o quizá haya algunos que no lo han olvidado) que el fin último es lograr que la vida, como dijo Kennedy, merezca la pena. Tenemos que hacer mucho más. Volveremos sobre el tema.
Fernando Calzada Falcón
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Senda económica a la felicidad I
Durante muchos años pensé que sentirse bien, ser feliz (o lo más cercano a eso), era sobre todo un asunto individual. Aunque en esencia lo sigo pensando, cada día que pasa me convenzo más de que hay un componente social, colectivo, que facilita o entorpece ser feliz. Creo que no digo nada nuevo si afirmo que la incertidumbre acerca del futuro económico es un factor que influye para generar molestia en las personas. Si uno se junta con personas insatisfechas con la vida que llevan porque no han logrado, por ejemplo, ver culminadas sus expectativas de cuando fueron jóvenes, es probable que nos vayamos contagiando de ese estado de ánimo; en cambio, convivir con quienes aún en la adversidad conservan buen ánimo nos transmite bienestar. El asunto a dilucidar es si desde el gobierno se puede hacer algo (diseñar, instrumentar y constatar de forma mensurable la efectividad de las políticas públicas aplicadas ex profeso) para evitar la depresión de los individuos y generar felicidad.
En una colaboración anterior me referí en términos muy generales, basándome en la opinión del (re) conocido economista estadounidense Jeffrey Sachs (hoy presidente del Instituto de la Tierra de la Universidad de Columbia), sobre la experiencia del Reino de Bután, en donde el gobierno modificó la manera de cuantificar el progreso: no se mediría el crecimiento del Producto Nacional (o Interno) Bruto (PNB), sino que el indicador fundamental sería el comportamiento de lo que definió como Felicidad Nacional Bruta. Remataba mi colaboración señalando que ojalá y en el futuro Sachs nos regalara muchas más reflexiones en torno al tema. La noticia es que así lo ha hecho. Recientemente se ha publicado ya en español su libro El precio de la civilización (que no he encontrado en las librerías de México pero que en internet logré leer tres capítulos).
Sachs abunda en la experiencia de Bután y refiere que fue creada la Comisión para la Felicidad Nacional Bruta con objeto de supervisar las medidas que cuantificarían y darían seguimiento a los cambios en dicha felicidad. Así que se definieron nueve ámbitos: 1) bienestar psicológico; 2) uso del tiempo; 3) vitalidad de la comunidad; 4) cultura; 5) sanidad; 6) educación; 7) diversidad medioambiental; 8) estándares de vida, y 9) gobernabilidad. Cada uno de éstos se mide con una serie de indicadores específicos. “Lo destacable es la combinación de medidas económicas relativamente normalizadas, como los ingresos de las familias y la educación, con medidas de integridad cultural (por ejemplo, el uso de dialectos, el compromiso con los deportes tradicionales y los festivales comunitarios), ecología (por ejemplo, la cobertura forestal), situación sanitaria (por ejemplo, el índice de masa corporal, el número de días que se está sano al mes), bienestar de la comunidad (por ejemplo, la confianza social, la densidad de parentesco), localización temporal y salud mental en general (por ejemplo, indicadores de trastornos psicológicos)”.
Así como no se puede afirmar que estemos bien porque la economía funciona con las principales variables en estabilidad (inflación, tipo de cambio, balanza de pagos y reservas internacionales, déficit público, tasa de interés), mientras tengamos un crecimiento mediocre, con tasas que no alcanzan a generar los empleos suficientes en el sector formal, así tampoco podríamos afirmar que con un buen desempeño económico (crecimiento competitivo y estable a tasas más elevadas, incremento del empleo y del ingreso promedio, etcétera), nuestro panorama mejoraría en los demás órdenes: habría que ver también cómo están la salud, la educación, la desigualdad social, la pobreza, más todo aquello que le queramos añadir. Pero, aunque todo eso mejorara significativamente, eso tampoco garantiza que individual y colectivamente nos vayamos a sentir mejor, satisfechos, felices. Todo eso nos daría una amplísima base, sin duda. Se necesitan cubrir otros requerimientos.
Por eso, expone Sachs sobre Estados Unidos, “es fácil perder de vista el objetivo último de la política económica: que la gente esté satisfecha de la vida. Este último objetivo debería ser incuestionable en un país fundado para defender el inalienable derecho a perseguir la felicidad. Pero no sólo estamos perdiendo oportunidades de fomentar la felicidad a través de nuestros compromisos colectivos, sino que incluso estamos perdiendo la oportunidad de medir la felicidad de modo que podamos evaluar qué estamos haciendo como nación. Nuestra obsesión por el crecimiento del PNB distrae nuestra atención de indicadores más importantes”. Y recuerda un discurso de Robert F. Kennedy Jr. que por el alto significado que tiene y lo emotivo lo cito completo:
“Nuestro Producto Nacional Bruto es ahora aproximadamente de 800.000 millones de dólares al año, pero ese Producto Nacional Bruto, si juzgamos a Estados Unidos por él, computa la contaminación atmosférica, y los anuncios de cigarrillos, y las ambulancias para limpiar nuestras autopistas de muertos. Computa las cerraduras de seguridad para nuestras puertas y las cárceles para las personas que las forzaron. Computa la destrucción de las secoyas y la pérdida de nuestras maravillas naturales en terribles borrascas. Computa Napalm, las cabezas nucleares, y los coches blindados de la policía para combatir los disturbios en nuestras ciudades. Computa los rifles Whitman y los cuchillos Speck y los programas de televisión que ensalzan la violencia para vender juguetes para los niños. Sin embargo, el Producto Nacional Bruto no tiene en cuenta la salud de nuestros hijos, la calidad de su educación, o el goce en su juego; no incluye la belleza de nuestra poesía o la solidez de nuestros matrimonios, lo documentados que están nuestros debates públicos por la integridad de nuestros funcionarios. Ni mide nuestro ingenio ni nuestro coraje, ni nuestra sabiduría ni nuestros conocimientos, ni nuestra compasión ni nuestra devoción a nuestro país; en resumen, mide todo menos lo que hace que la vida merezca la pena. Y puede decirnos todo sobre Estados Unidos, excepto por qué estamos orgullosos de ser americanos”.
Por fortuna, cada día gana terreno la postura de los economistas que pugnan, sí, porque haya estabilidad, pero también crecimiento, y que incluso se atreven a ir un poco más allá, en otras palabras, que han recordado (o quizá haya algunos que no lo han olvidado) que el fin último es lograr que la vida, como dijo Kennedy, merezca la pena. Tenemos que hacer mucho más. Volveremos sobre el tema.
Fernando Calzada Falcón
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3 reformas, 3 iniciativas
El ganador de los comicios del pasado 1 de julio, faltando aún la calificación de la elección a cargo del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, Enrique Peña Nieto, propuso durante su campaña tres grandes reformas estructurales, reformas que atienden realidades que deben enfrentarse. El país no puede permitirse el lujo de la inacción en estos temas, pues de lo contrario no seguiremos rezagando y el bienestar de la mayoría de la población seguirá viéndose afectado. La primera es la reforma hacendaria que, para ser efectiva, tiene que actuar sobre el ingreso y el gasto del gobierno. En cuanto al ingreso, debe resaltarse que México tiene la menor recaudación fiscal de todos los países que integran la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y de las más bajas también en América Latina. Como esta recaudación es débil se tiene un gasto público reducido que cubre insuficientemente las obligaciones que la Constitución le marca al Estado mexicano. Para revertir dicha situación Peña Nieto ha propuesto abarcar cuatro campos de acción, como acertadamente ha señalado Soraya Pérez Munguía en las páginas de El heraldo de Tabasco. Uno, ampliar la base gravable al fortalecer la capacidad del Sistema de Administración Tributaria (SAT) y reducir los incentivos a la informalidad, al tiempo de aumentarlos a la economía formal. Dos, disminuir notablemente las exenciones y privilegios fiscales. Para darnos una idea, digamos que las exenciones, diferimientos de pago y deducciones del Impuesto sobre la Renta (ISR) en este 2012 habrán de significar, de acuerdo con números de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, 181.6 miles de millones de pesos, y en cuanto a las exenciones y tasa cero del Impuesto al Valor Agregado (IVA), 220.5 miles de millones. Entre los dos impuestos, estamos hablando de poco más de 400 mil millones de pesos. Tres, simplificar el sistema fiscal que considera, entre otras cosas, fusionar el ISR y el Impuesto Empresarial a Tasa Única (IETU). Y cuatro, redefinir las obligaciones tributarias de los tres órdenes de gobierno: los estados y municipios no pueden ser solamente receptores de participaciones y demás transferencias federales, sino que deben responsabilizarse más de la recaudación.
Los mayores ingresos que se pudieran obtener estarían dirigiéndose prioritariamente, por el lado del gasto a la creación de un Sistema de Seguridad Social Universal y a las jornadas escolares completas, entre otros objetivos. Sin embargo, me quedo con la duda de qué se piensa hacer en materia del subsidio a las gasolinas (que beneficia a una minoría de la población y le resta al gobierno la atención a las necesidades de las mayorías), que en 2012 alcanzará por lo menos 172.3 miles de millones de pesos, y en todo el sexenio de Felipe Calderón más de 800 mil millones.
La segunda reforma estructural es la energética. Aquí, por un lado, se ha hablado de permitir la inversión privada en petróleo y gas. Conviene subrayar que no considera la privatización de Pemex, lo cual supone que el Estado conservaría la rectoría del sector. Será necesario esperar a que en su momento se conozcan más detalles. Por otro lado, también se actuará en otro espectro: la energía eléctrica con el propósito de tener un menor costo para las familias y las empresas.
Y la tercera reforma estructural es la laboral, de la que ignoro, en buena medida, su contenido pero que, supongo, se basará principalmente en la propuesta que la bancada del Partido Revolucionario Institucional (PRI) presentó en la aún vigente legislatura en la Cámara de Diputados. En nuestro país se incorpora cerca de un millón de jóvenes cada año al mercado de trabajo: la menor proporción logra ocuparse en el sector formal de la economía y la mayor a la informalidad y muchos a actividades ilegales. Debe contarse con un marco regulatorio más flexible que fomente el empleo, particularmente el primero, y remuneraciones dignas.
Pero para actuar cuanto antes, Peña Nieto ha convocado a todos los partidos y a la ciudadanía “a aportar su visión y propuestas sobre tres temas específicos”. Se trata de algo que no formaba parte de los planteamientos que con mucha antelación se formularon para hacerse presentes en la campaña, pero que ésta mostró que son grandes preocupaciones sociales. Así, la primera iniciativa es la creación con autonomía constitucional de la Comisión Nacional Anticorrupción con facultades de sanción. Muchas organizaciones en el país e instituciones internacionales han evaluado que la corrupción en nuestro país es una pesada carga, un costo que significa varios puntos del Producto Interno Bruto (PIB), dado el fracaso de la Secretaría de la Función Pública (en esta institución, que debe ser modelo, más del 90% de los contratos han sido por asignación directa) y de las contralorías estatales y municipales. Me parece que esta es una oportunidad inmejorable para plantearse seriamente la lucha contra la corrupción.
La segunda iniciativa es la ampliación de la transparencia de todos los órdenes de gobierno y de los Poderes de la Unión dotando de competencia al Instituto Federal de Acceso a la Información y Protección de Datos (IFAI). Muchos sectores sociales y políticos hablan insistentemente de la opacidad con que se manejan el Legislativo y el Judicial, así como los gobiernos estatales y municipales, al tiempo que expresan que los institutos de transparencia estatales son manejados tras bambalinas por los Ejecutivos locales. Por supuesto que esta iniciativa va de la mano con la anterior: la mayor transparencia de todos y el trabajo de la Comisión Nacional Anticorrupción, garantizaría un avance importante en el comportamiento de todos los servidores públicos, independientemente de su nivel jerárquico y del espacio en el que laboren.
La tercera iniciativa está dirigida a hacerse cargo de una queja ciudadana que es la relación actores políticos y gobiernos con los medios de comunicación. De allí que Peña Nieto proponga la creación de “una instancia ciudadana y autónoma que supervise la contratación de publicidad entre gobiernos y medios”.
Como se ve, propone que la fuerza de la ciudadanía se haga de un poder que, hoy por hoy, no detenta. Se trata, me parece, de una valiosa oportunidad. Está consciente de que debe haber respuesta para los reclamos ciudadanos más allá de filiaciones partidistas. La convocatoria está abierta. Si el TEPJF ratifica el resultado de las urnas, los perdedores del proceso electoral pueden elegir entre lamentarse o participar activamente para darle la mejor forma a estas iniciativas y llevar adelante las reformas estructurales. Cosa de recordar a la víbora de la mar: los de adelante corren mucho y los de atrás se quedarán.
Fernando Calzada Falcón
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Tagged AMLO, desarrollo, diputados, economía, elecciones, EPN, Felipe Calderón, iniciativas, JVM, méxico, OCDE, PAN, política, PRD, PRI, reformas, Seguridad Social
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Dos detalles sobre la elección
En los abundantes análisis y comentarios sobre la elección presidencial me parece que se han dejado de lado dos asuntos trascendentes. El primero se refiere al tiempo de exposición en los medios. Andrés Manuel López Obrador (AMLO) ha calificado a Enrique Peña Nieto (EPN) de ser el candidato de las televisoras, así como también de “los de arriba” (una forma distinta en su república amorosa de llamar a lo que antes de la campaña señalaba como “la mafia”). Ha dicho que EPN como gobernador del Estado de México gastó una fortuna en publicidad y ahora mantiene una alianza con las televisoras, especialmente Televisa. Se trata, en su lógica, de una componenda para beneficiarse mutuamente. Al mismo tiempo, él se dice víctima de ataques de oscuros intereses, de conspiraciones, que le han impedido llegar a la presidencia. Tiene predilección por subrayar una sociedad dividida entre buenos y malos, ricos y pobres, los de abajo y los de arriba, los que quieren servir a su país y los que desean servirse de él. Él, por supuesto, se ubica a sí mismo dentro de los buenos con los propósitos más nobles.
En el primer debate entre los candidatos AMLO resaltó esa amalgama de intereses entre EPN y las televisoras, a lo que este último respondió que si la televisión hiciera presidentes AMLO ya lo hubiera sido. Y aquí es donde me quiero detener. Se olvida que, en realidad, AMLO tiene doce años de campaña, a pesar de lo cual no le ha alcanzado para estar en estos días arriba en las encuestas. En particular, durante el tiempo en que fue Jefe de Gobierno en el Distrito Federal, todos los días, invariablemente, tuvo una gran cobertura en los medios. Su conferencia de prensa era cubierta por todos los medios. Incluso, Brozo en su noticiario El mañanero, tenía al Capitán Guarnís que le dedicaba varios minutos reportándole declaraciones y puntadas de AMLO. De modo que no le faltó espacio mediático en los primeros seis de los doce años. En la elección de 2006 y el posterior conflicto que desató exigiendo el recuento voto por voto y casilla por casilla, siguió apareciendo en los medios por una sencilla razón: era noticia y lo fue hasta celebrar la asamblea en el Zócalo donde fue nombrado por sus seguidores como presidente legítimo. Después se lanzó a ir a cada uno de los municipios pero dejó de ser noticia, en especial, una que le interesara a quienes leen prensa, escuchan radio o ven televisión.
Ya se ha explicado varias veces que el número de spots de los candidatos o partidos depende del resultado de la elección más reciente y que, por lo tanto, al haber obtenido el PRI con el PVEM más votos que el PAN y muchos más que PRD-PT-Movimiento Ciudadano, le corresponde legalmente más publicidad así como también más prerrogativas. Pero la conclusión es que a AMLO en sus doce años de campaña no le ha faltado espacio en los medios, quizá no todo el que a él le hubiera gustado. La gran pregunta que AMLO debería plantearse es por qué a pesar de esa presencia durante más de una década, hoy las encuestas no lo registran como puntero. Un ejercicio interesante que alguien debería hacer es averiguar cuántas veces ha aparecido AMLO en la primera plana de los principales diarios a nivel nacional o también cuánto tiempo en estos doce años ha tenido espacio, por ejemplo, en El Noticiero de Joaquín López Dóriga. Es muy probable que ni de lejos alcancen esos números los otros candidatos.
El segundo asunto al que me quiero referir es: ¿ganará EPN la elección? Si existe democracia en México es natural que haya incertidumbre respecto a quién finalmente elegirá la mayoría. De hecho, si hay competencia es porque todos tienen posibilidad. Que uno de los candidatos desde los meses previos a la campaña tuviera mayores simpatías no significa, desde luego, que vaya a ganar. En un torneo de fútbol no se explicaría que los equipos participaran si no tuvieran la posibilidad de ganarlo (posibilidad es distinto de probable: en los vuelos comerciales antes daban instrucciones a los pasajeros diciéndoles “en el posible pero improbable caso de…”). Que en el tiempo transcurrido las encuestas lo tengan con una ventaja importante no quiere decir que los otros ya estén vencidos. Eso lo sabemos todos.
Sin embargo, hay algunos datos a tomar en cuenta. Por ejemplo, AMLO en 2006 tenía que pedir muchísimas más simpatías, adhesiones o votos que los que tradicionalmente podían aportarle los partidos que lo postularon. En otras palabras, si él no hubiera sido el candidato es probable que otro no hubiera rebasado el 20 o 21% del total de votos. Si tuvo más fue porque simpatizantes de otros partidos distintos a aquellos de los que fue candidato o sin identificación partidista decidieron votar por él. Algo similar podría decirse de Felipe Calderón: con únicamente los votos del PAN no hubiera alcanzado los que le dieron la mayoría. De esto se obtiene una conclusión: tanto AMLO como Calderón “tomaron” votos de ciudadanos sin afinidad partidista o de simpatizantes y militantes del PRI. La buena cantidad de votos que “jalaron” uno y otro, por supuesto que también explica por qué el PRI quedó en un lejano tercer lugar. Más, si como se ha sostenido, esa elección fue una especie de referéndum: López Obrador, ¿sí o no?
Los analistas y comentaristas han expresado que no hay nada decidido y es cierto, pero hay un matiz que debe hacerse. De la elección de 2000 se señalan dos hechos que condujeron al resultado conocido: un buen candidato, Fox, y errores en la campaña de Francisco Labastida. No obstante, no se pondera suficientemente que la unidad del PRI estaba maltrecha, la contienda interna había dejado heridas. Y sobre la elección de 2006 ha tenido preminencia en el análisis lo ocurrido con el primero y segundo lugares, lo cual mueve al olvido que quizá como nunca en su historia el PRI se presentó hecho pedazos, ni siquiera una unidad simulada. El apoyo de algunos sectores del PRI a los otros candidatos distintos a Roberto Madrazo fue abierto. Así, el aspecto relevante ahora es que el PRI a nivel nacional se presenta unido, algo no visto en las dos ocasiones anteriores. Aunque no es lo mismo una elección intermedia que una presidencial, el resultado de hace tres años no se puede olvidar. Si a eso se agrega un buen candidato, bien evaluado a nivel de la opinión pública nacional y con resultados exitosos en su gestión en el estado de México, tendremos la explicación de por qué es el puntero de las encuestas. He aquí la conclusión que me parece importante: de todos los candidatos es el que menos cantidad necesita de indecisos, independientes o simpatizantes o de votos tradicionalmente expresados a otros partidos. Quadri, desde luego, Vázquez Mota y AMLO para ganar necesitarían muchísimos más. En consecuencia, pienso que EPN y el PRI ganarán, pero recordando que, como dijo alguien, las elecciones se ganan antes, durante y después de los comicios.
Fernando Calzada Falcón
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Amor desordenado
A contraluz
Eso que llaman amor mi corazón lo sintió nomás contigo…cantaba con melaza hace algunos lustros Mario Quintero. Definir sentimientos es una tarea complicada, más la palabra amor. Intente el lector una definición y verá cuán difícil es. En días pasados me topé con tres comentarios (uno, de Manuel Cruz, “Love is in the air” en El País; otro de Paula Corroto “El nuevo filósofo alemán de moda” en Público.es, y otro más, “Elogio de la cana al aire” en El mundo) sobre el libro de reciente aparición del filósofo alemán Richard David Precht: Amor: un sentimiento desordenado. Un recorrido por la biología, la sociología y la filosofía. Inicié su búsqueda y sólo el empeño de mis amistades hizo que encontraran un ejemplar en una librería de la ciudad de México. Su lectura ha sido aventura y deleite. Éste es el tercer libro de Precht (los anteriores fueron El arte de no ser egoísta y ¿Quién soy…y cuántos?). De los tres se han vendido tres millones de ejemplares. Todo un fenómeno si se considera que no aborda la autoayuda, y en cambio, mezcla los avances científicos con la filosofía; lo hace de una manera clara, entendible para los no especialistas y con humor.
Como ilustra el mismo Precht, si en Google se busca la palabra love, dada “la invasión estadounidense del lenguaje”, aparecen 2 mil millones de entradas y más de 100 millones si se trata de lieve (alemán), amour (francés) o amor en castellano. Hay amor al trabajo, la patria, Dios, los animales, la música, etcétera, pero él analiza el amor de género. “Por muy importante que sea para nosotros, en la filosofía occidental el amor de género es considerado desde Platón como música underground… De lo que no se podía acreditar que fuera razonable se prefería callar”. Él busca tender un puente de entendimiento entre las distintas disciplinas, entre química, biología, zoología, psicología, neurología, sociología y filosofía, pues “la filosofía sin la ciencia natural está vacía y la ciencia natural sin la filosofía está ciega”.
Por ejemplo, se ha querido ligar el comportamiento humano con el de nuestros parientes más cercanos, los primates. El problema es que no sólo su comportamiento sexual no se parece al nuestro, sino tampoco entre ellos. Los gibones, por ejemplo, son “estrictamente monógamos” por lo que la búsqueda del compañero adecuado puede durar años. Los gorilas viven en familias-harén con un solo macho. Entre los chimpancés “las reglas son más laxas… Entre ellos existe un macho dominante, pero también los otros machos pueden perfectamente entrar en acción y aparearse con varias hembras”. Y los bonobos, para los que “el sexo es…realmente agradable. Copulan todos los días y en todas las posiciones imaginables. Cualquiera puede hacerlo independientemente del rango que ocupe en el grupo”. Ahora bien, “desde el punto de vista genético los chimpancés y los bonobos están más o menos igualmente alejados de nosotros…entre 1.6 y 1.1 por ciento”. De modo que los humanos, los chimpancés y los bonobos están “tan cerca como lejos”. Es así que “sin una comprensión de la evolución cultural del ser humano muchas cosas esenciales quedan en la niebla”, como que “los celos o la elección de pareja en la época actual no son constantes inalterables del ser humano, sino variables culturales”.
Por ende, lo humano es más complejo: los filósofos no han querido estudiarlo, los antropólogos quieren encontrar diferencias inexistentes entre etnias, los evolucionistas buscan en el pasado pero se sabe mucho menos de los antepasados que de los actuales humanos, otros quieren estudiar supuestas diferencias entre el tamaño del cerebro de hombres y mujeres y no hay, otros atribuyen que el cerebro de unos y otras funciona en regiones distintas, otros han tenido como objetivo acentuar el papel de los genes y/o de las hormonas, pero nada de eso ha podido explicar qué es ni cómo se origina el amor. La óptica de Precht es transparente. Distingue entre tres aspectos que bien podrían confundir a cualquiera: deseo, “enamoramiento” (entendido básicamente como atracción) y amor. El deseo sexual lo despierta la psique, totalmente individual, “que es excitada por estímulos sensoriales determinados. Activado por ella, el hipotálamo pone en marcha el encanto sexual. Envía a los mensajeros dopamina, y en menor cuantía serotonina, para liberar testosterona y estrógenos” (aunque entran en juego imponderables y reacciones químicas secundarias).
El enamoramiento “resulta un escalón más complicado”. Este estado dura generalmente más que el deseo y es menos previsible y comprensible que los estimulantes del deseo. No está claro por qué se da, “atraviesa de un extremo a otro el cerebro” y no sirve a la elección genética. “Dado que este estado exige un esfuerzo enorme del cuerpo y que tampoco protege el alma, no puede mantenerse en pie eternamente como parte del orden natural. Tres años de enamoramiento pasan por ser el máximo… Las mariposas en el estómago se vuelven a transformar en orugas…” Al igual que el deseo describir el enamoramiento no es tan difícil.
¿Y el amor? Ese sí es complejo precisarlo o explicarlo. Los biólogos “se encogen de hombros o fruncen el entrecejo cuando han de decir algo sobre el amor. En rigor ni siquiera está definido biológicamente el concepto”. Los humanos disponen de las hormonas oxitocina y vasopresina. La oxitocina “se forma en el hipotálamo y se traslada de ahí al lóbulo posterior de la hipófisis. Su efecto es comparable al de un opiáceo: actúa como estimulante y embriagante, a la vez que, en cierto modo, como tranquilizante”. La oxitocina provoca estimulación sexual, pero para eso no es necesario estar enamorado o amar, es un asunto físico y químico. Claro que la oxitocina juega su papel: “eso es algo que nadie debería discutir. Es algo así como el curry en una comida india. Sin el curry las viandas perderían su típico sabor. Pero sólo con la remisión al ingrediente ‘curry’ no se explican suficientemente la receta y el sabor de un manjar indio”. El amor tampoco es un instinto ni simplemente una emoción, va más allá: “las tres cosas juntas –emoción, sentimiento y comportamiento- constituyen lo que llamamos amor. Cuando falta una de las tres, nos parece que el amor no es pleno, que está incompleto o deteriorado”. Ahora, sorpréndase, el amor tiene mucho más que ver con nuestra infancia y cómo la vivimos que con la sexualidad: la necesidad de amor y la capacidad de amar proceden de nuestro condicionamiento infantil. “Nuestra experiencia de la infancia y la primera infancia contribuye poderosamente a troquelar nuestro comportamiento erótico y de pareja de adultos. Ahí influyen muchas cosas: el papel que juega el niño en la familia y la atención que recibe. O los roles de género de los padres, que el niño copia… Nos inclinamos a confiar en patrones que conocimos, y siempre asumimos, casi instintivamente, los mismos papeles… Lo sorprendente…es que la confirmación de nuestro patrón parece ser en definitiva más importante para nosotros que la felicidad esperada”.
Precht: el amor no es todo en la vida; pero sin amor todo es nada. Nos vemos aquí el próximo miércoles.
Fernando Calzada Falcón
Twitter: @fcalzadaf
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¿Quién carga tu sobrepeso?
En alguna colaboración anterior me referí al tema de la relación entre, por un lado, las cuestiones económicas y, por otro, el sobrepeso creciente de la población en nuestro país y el resto del mundo, particularmente presente en los jóvenes y adultos. El sobrepeso no sólo tiene implicaciones sobre la salud de los individuos, sino también en la atención a los padecimientos generalmente asociados a ella, como pueden ser la diabetes o las enfermedades cardiovasculares, o algunos tipos de cáncer, que merman la calidad y duración de vida. Por ejemplo, en México ha habido una transformación en la morbilidad: puede verse en que hace algunos lustros muchas muertes se producían por epidemias que el sistema de salud no alcanzaba a controlar con eficacia (como el paludismo) o enfermedades diarréicas. El asunto es que la atención a unas y otras enfermedades implica diferentes costos: no cuesta lo mismo tratar las enfermedades actuales que las antiguas. Es por eso que los sistemas públicos de salud enfrentan problemas de financiamiento para poder ofrecer a la población la atención necesaria, lo cual tarde o temprano requerirá una carga mayor a los contribuyentes, o en el caso de las personas que no tienen relación directa con dichos sistemas, les pegará directamente en los bolsillos, además de tampoco poder librarse de la mayor carga impositiva o tributaria.
Fijándose en lograr el objetivo de desincentivar el consumo de los alimentos engordadores, en muchas partes del mundo se ha aplicado un “impuesto a la obesidad”. Sin embargo, dos realidades se han olvidado o no se han querido ver y asumir con todas sus consecuencias: primero, que las tasas del impuesto son tan bajas que no tienen mayor impacto en el precio como para afectar la demanda y así desalentar a la gente a dejar de consumirlos; segundo, es muy difícil que el impuesto tenga éxito si al mismo tiempo la comida sana y nutritiva tiene costos elevados.
La pregunta pertinente es por qué si casi todos pierden, se supone, se sigue consumiendo esa comida (a excepción, se piensa, sólo de las compañías que la producen). Tal vez la respuesta sea que hay muchos más que ganan de aquellos en los que acostumbramos pensar. Kenneth Rogoff (profesor de economía de la Universidad de Harvard), en “Coronary capitalism”, aparecido en Project-syndicate. A world of ideas, da una explicación. La mayoría de esos tipos de alimentos se producen con muchos aditivos químicos que, además se sabe, provocan aumento de peso. De modo que no sólo a la agricultura (subsidiada casi en todas partes) se le pide produzca más y con ello gane más, también la industria química, la cual, por cierto, cada vez adiciona más químicos para generar una mayor adicción. Por la suma de los químicos a los productos con base en maíz se les paga a quienes procesan alimentos cada vez más adictivos. También, en el trayecto, se les paga a científicos innovadores y que éstos busquen la medida justa de la mezcla de sal, azúcar y productos químicos y puedan crear la comida instantánea de máxima adicción. También ganan los anunciantes de esos productos: empezando por los publicistas y creadores de imagen hasta, por supuesto, televisión, radio, y medios escritos. Gana también y no menos, la industria de la salud por el tratamiento a las enfermedades que surgen y surgirán como resultado del consumo (se pueden consultar los índices globales de precios para observar cómo en las últimas tres o cuatro décadas, los precios que más han aumentado son, primero, el de los medicamentos, y después, el de los equipos médicos). Igualmente ganan, explica Rogoff, aquellos que en los mercados de valores negocian, compran y venden acciones y bonos de las compañías que están presentes en alguna parte del proceso. En resumen, hay ganancias y empleos para muchos más que los existentes en las compañías productoras de los alimentos.
En este marco, sólo podrían esperarse quejas de aquellos que no están inmersos en esa cadena de la fortuna. Si a todo esto se añade el sedentarismo cada vez más elevado por la falta de espacios públicos para un sano esparcimiento (parques y canchas deportivas, además con un adecuado mantenimiento), la inseguridad para los niños de jugar en la calle (ya sea por la violencia o la cantidad de coches en circulación), o el empleo remunerado de los padres, y la ocupación en casa del tiempo libre viendo la televisión, un aparato cada día comparativamente más barato (y la televisión de paga es más extendida ampliando la cantidad de canales), el sobrepeso no debería encerrar ningún misterio.
Es un escenario poco esperanzador porque además hay un fuerte impacto sobre el medio ambiente: Peter Singer (profesor de Princeton y de la Universidad de Melbourne) en “Weigh more, pay more”, aparecido en Project-syndicate. A world of ideas, señala que existe preocupación por si el planeta podrá soportar a una población humana que ha superado los 7 mil millones de personas; se tiene que pensar en la población no sólo en términos de números, sino también en términos de su masa. En este sentido, el sobrepeso de las personas es un asunto de todos. Al parecer, no existen los suficientes incentivos económicos que estimulen una menor ingesta de calorías, a pesar de que es un asunto de todos. Singer ejemplifica con el caso de los aviones. Pensemos en aerolíneas convencionales, digamos Aeroméxico. Alguien que no lleva equipaje y que hará un vuelo nacional de una hora, habrá pagado el mismo costo por el vuelo que otro cuyo equipaje rebasa con mucho el tope establecido dentro del costo del boleto. Aquí la aerolínea hace una excepción: al momento de pesar, el pasajero que lleva exceso de equipaje deberá pagar un sobreprecio. El argumento es que una carga más pesada obligará a un mayor gasto de combustible del avión para mantener la misma velocidad y cumplir con los horarios. Es razonable, pues si ese pasajero no paga el sobreprecio estaría siendo subsidiado por los demás que o no llevan equipaje o sí llevan pero dentro del límite permitido.
Sin embargo, no necesariamente es así: volvamos a pensar en los dos pasajeros, el que no trae equipaje (llamémoslo A) pesa digamos 110 kilos, y el que sí lleva y que debió pagar exceso de equipaje (B) pesa 60 kilos. Utilizando el mismo argumento económico, se podría decir que una cosa compensa a la otra, salvo que no ha sido parejo porque B debió desembolsar más dinero. Sería parejo cuando pagaran lo mismo y los pesos fueran similares (con el equipaje incluido) de A y B. Pongamos el caso extremo. Ahora digamos que A sigue pesando 110 kilos y trae exceso de equipaje, y B sus 60 kilos pero sólo viaja con una bolsa; A pagará un poco más, pero evidentemente está viajando más que subsidiado por B. No se trata, pues, de si quiero ser gordo muy mi gusto, pues, como ha expresado Singer, “la obesidad es un problema ético, ya que un aumento en el peso de algunos impone costos a otros”.
Fernando Calzada Falcón
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Las redes en tiempos de campañas, Fernado Calzada Falcón
En tiempos electorales hemos escuchado y leído análisis que señalan que las campañas políticas ya no son de a pie, ya no significan mucho los actos repletos de multitudes; que son tantos los votantes y tan pocos dentro del total a sufragar los que asisten a ellos que la forma de enamorarlos a todos debe ser por otras vías como la televisión, la radio y las redes sociales, dentro de estas últimas las muy fuertes en nuestro país, Facebook y Twitter. Dicen los analistas que el triunfo de Obama hace cuatro años sería impensable sin considerar la forma tan inteligente en que se desarrolló su campaña en las redes, que así pudo convencer a gran número de jóvenes.
Ciertamente, Facebook por ejemplo, es todo un caso. En 2009, después de cuatro años de haber aparecido en escena había alcanzado a nivel mundial 250 millones de usuarios, lo cual llevó a su creador, Mark Zuckerberg, a decir: “nuestro crecimiento es muy excitante” (véase “Las redes sociales” de Antonio Fumero y José María Hervás en etcétera). Ahora en 2012 alcanzará los mil millones de usuarios, es decir, en menos de tres años se habrá multiplicado en cuatro veces. Si el crecimiento de los usuarios ha sido exponencial, lo mismo ha ocurrido con el valor de la empresa: dentro de algunas semanas entrará a participar en los mercados bursátiles y la valoración de la empresa entre los inversores ha sido cotizada hasta alcanzar los 123 mil millones de dólares; en este furor tendría que señalarse igualmente que, en su afán de ofrecer nuevos servicios a sus usuarios, ha comprado Instangram, una compañía de software para compartir fotos, en la friolera de mil millones de dólares.
En definitiva, pues, se trata de un hecho espectacular de nuestros tiempos. Sin embargo, como casi todo, habría que matizarlo. Adrián Segovia (“El punto de inflexión en las Redes Sociales” en El País) lo explica así: los usuarios de Facebook consumen en promedio “más páginas que en cualquier otro sitio y siguen creciendo en registrados y audiencia. Imparables, de momento, pero llegará el día en el que la actividad no seguirá creciendo al ritmo del registro y puede que esa fecha no esté tan lejos”. De hecho, se advierte que la actividad o el consumo en el sitio si bien no disminuye, se estanca; en otras palabras, Facebook tiene más usuarios, pero lo que se ha visto a últimas fechas, es que el promedio de páginas vistas por ellos ha permanecido estancado. Lo importante para esta compañía será “si los nuevos usuarios incentivan la actividad o no. Y, lo que es más importante, si los ya existentes mantienen su elevada fidelidad y compromiso con el producto”. En esto mucho tendrá que ver su estrategia pues pueden presentarse serios inconvenientes: por ejemplo, globalmente los usuarios parecen estar incómodos con nuevos formatos (es el caso de la “biografía” que en algunos países europeos ya es obligatoria como el formato para mantener abierta una cuenta, a muchos les ha gustado pero a otros no). El número de usuarios puede hacerle guiños a los inversionistas, aunque de acuerdo con Segovia, el futuro de los usuarios en esa red dependerá de la creación de un “vínculo duradero y sostenible”.
Algo que está por verse es hacia dónde habrá de conducir la enorme variedad de redes existentes, desde Facebook hasta otras específicas como Linkedin, MySpace, Flickr, Hi5, Foursquare, o exitosas en otros países como Orkut (Brasil), Tuenti (España), Vkontakte (Rusia), Qzone (China), iBibo (India) hasta Twitter. Según ha señalado Jason Falls (un gurú estadounidense de las redes sociales), “definitivamente hay un límite… habitualmente los usuarios pueden mantener entre una y tres redes sociales, pero realmente son activos a diario en una o dos. Más allá de eso se puede añadir alguna centrada en algún tipo de entretenimiento… La abundancia de oferta llevará en el futuro a la probable reducción del número de redes sociales generalistas y la aparición de otras orientadas a nichos de mercado muy concretos que sean de mucha utilidad para su público objetivo (“Las redes sociales, del éxito a la saturación”, Milenio).
Las redes sociales sirven para comunicarse, para informarse. Está bien, pero Asís Martín de Cabiedes (en etcétera) establece que redes como Facebook, Twitter y Youtube no tienen nada que ver entre ellas, que la última es un “negocio” en el que cualquiera que puede producir videos puede invertir, Twitter es una “red de noticias” y Facebook es un mundo virtual “donde la gente vive, conversa, está cómoda”. Ahora, si eso es Twitter, habría que analizar cuánta gente la ocupa para informarse y su nivel de veracidad. Si tal información no se contrasta, corrobora y se pasa por algún filtro, lo más probable es que el usuario se informe mal, crea o reproduzca rumores sin sustento. La cosa es todavía más grave cuando periodistas toman como fuente esa red. Aquí la clave es a quién se sigue. Y tampoco sobra la pregunta de cuántos la ocupan realmente para informarse. La escritora uruguaya Cristina Peri Rossi dice que “las redes sociales se explican por la soledad” (El País), que permiten que la gente intercambie su información y sus opiniones aunque sean poco fundamentadas. En su opinión, “la libertad de opinión también implica la libertad de ignorancia”, puesto que ahí “todo el mundo tiene la oportunidad de oír y ser oído”.
En “Condenados a gustar (en Facebook), condenados a seguir (en Twitter)” (El País), Karelia Vázquez define mucha de la actividad en Twitter como egocéntrica: “todo sería más fácil si no se hubieran inventado las máquinas de engordar egos digitales”. Pone como ejemplo Favstart.fm, que “es un servicio útil para medir el impacto de la actividad en Twitter, pero es también una fábrica de neuróticos”; informa sobre tus tweets de éxito, cuántas veces te han mencionado, cuántas te han retuiteado, etcétera. Klout es otra herramienta “para medir la reputación digital en Twitter, Facebook y Linkedin que clasifica a los usuarios según su nivel de influencia y notoriedad. Puedes ser desde un experto hasta un socializador. Te informa en qué temas puedes considerarte un líder de opinión y a qué usuarios influyes”.
Pienso que una parte de los usuarios de las redes no sólo son gente en soledad o egocéntricas o neuróticas; cualquiera puede darse cuenta que Facebook es también, por ejemplo, una extraña amalgama de exhibicionismo y vouyerismo. Tengo mis serias dudas de que quien participa activamente en Twitter con opiniones políticas en tiempos de campaña pueda modificar su opinión sobre tal partido o tal candidato. Me queda claro, sin embargo, que, bajo la lógica de espacio que no ocupes otro lo ocupará, los equipos de cada uno de ellos deben participar activamente en las redes. ¿O no?
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De la Madrid y la economía, Fernando Calzada Falcón
Murió el expresidente Miguel de la Madrid Hurtado y recordé los años aciagos en que gobernó. Cuando asumió la presidencia, para donde se volteara, no había ninguna variable económica que no acusara desequilibrios importantes. Ciertamente, el hecho de que su antecesor en su último informe de gobierno decretara la nacionalización de la banca y el control de cambios habría de modificar a fondo la estrategia que había considerado llevar a cabo. Literalmente, de un plumazo cambiaban las condiciones. Y cómo no, si desde febrero de aquel 1982 no existían las divisas suficientes para hacer frente a los compromisos con los acreedores extranjeros, lo cual hubo de conducir a la suscripción de una Carta de Intención con el Fondo Monetario Internacional (FMI) y así poder acceder a los recursos de éste. En su toma de posesión definió una política: reordenación económica y cambio estructural.
En cuanto a la reordenación económica, el gran objetivo fue el pago puntual del servicio (capital e intereses) de la deuda externa (de allí que la propuesta de su sucesor, Carlos Salinas de Gortari, fuera privilegiar el crecimiento y no la deuda). Por eso, el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB), durante el sexenio tuvo el peor comportamiento desde los años treinta del siglo pasado. Obsérvese: en 1982 respecto al año anterior, el PIB disminuyó en -0.52%; en 1983, un -3.49; en 1984 hubo una incipiente recuperación ya que creció en 3.41%; en 1985 el crecimiento se desaceleró y alcanzó 2.19%; en 1986, con otra caída de los precios del petróleo, fue de -3.08%; en 1987 volvieron las cifras positivas aunque muy modestas de 1.72%, y algo parecido en su último año que alcanzó el 1.28%. Este comportamiento tuvo su correlación en una disminución del significativa del producto (o ingreso) por habitante.
Los de ese sexenio fueron también los años de mayor inflación (aumento generalizado de los precios de todos los bienes y servicios) registrada en los últimos ochenta años (al día de hoy). Así, en 1982 la inflación llegó al 98.84%; disminuyó algo para 1983 y fue del 80.78%; siguió bajando para 1984 donde llegó al 59.16%; pero la tendencia se revertiría en 1985 cuando repuntó y alcanzó 63.75%; seguiría aumentando para 1986 cuando sobrepasó el umbral de los cien puntos llegando a 105.75%; pero la experiencia resultaría terrible en 1987 cuando alcanzó el 159.17%; soló tras la firma del Pacto de Solidaridad Económica, en el que los actores de la vida económica sacrificaban algo para lograr el control inflacionario (se definía el crecimiento de los salarios, los precios de los bienes de la canasta básica, los precios y tarifas de los bienes y servicios públicos, el tipo de cambio y los empresarios moderaban sus utilidades), fue que se consiguió el abatimiento de la inflación en 1988, pues bajó a 51.66%, es decir, se abatió a menos de una tercera parte de la registrada el año anterior.
Se pagaban las consecuencias de un elevado déficit público que se tuvo en los años precedentes cuando rebasó más del 20% como proporción del PIB. Y pese al compromiso con el FMI de bajarlo sucesivamente a la mitad del año inmediato anterior, por diversas razones no fue posible. Apenas para 1983 bajó a -12.60% cumpliendo casi con la meta. Pero descender de allí ya fue una tarea muy difícil: en 1984 fue -12%; y en 1985 bajó otro poco, a -11.85%. Pero para 1986 se disparó al -31.34%, en 1987 de -23.89 y en 1988 de -26.56%.
Algo parecido se observó en el frente externo. La cuenta corriente de la balanza de pagos (cuenta que considera la exportación e importación de todos los bienes y servicios, incluidos los financieros) pasó drásticamente de deficitaria en 1982 (-5, 890 millones de dólares) a superavitaria en 1983 (5,859 millones de dólares). De esto se trataba la política económica: mediante la contracción de la demanda (por la vía de la reducción mayúscula del gasto público y de los niveles de los salarios reales, y con la ayuda de una subvaluación del peso que alentara las exportaciones y castigara las compras al exterior) el país tendría una cuenta corriente positiva (tenía los dólares para el puntual pago de la deuda). Se castigaba el crecimiento económico al tiempo que se cumplía con los acreedores. Por lo demás, no se pudo parar la contratación de más deuda (como regularmente ocurre en los ajustes económicos, véase la situación actual de Grecia que tiene que contratar carretadas de mayor deuda a la vez de contraer el gasto público y con él la economía en su conjunto): pasó de un saldo de 58 mil 874 millones de dólares en 1982 a 81 mil 3 millones en 1988.
Al final del sexenio, si bien la reordenación económica no era plena, sin duda había control de las principales variables. Pero había arrancado una transformación radical de la economía, aunque su magnitud no era del todo visible en aquella década de los ochenta. En efecto, siguiendo el razonamiento de Víctor M. Soria en Crecimiento económico, crisis estructural y evolución de la pobreza en México. Un enfoque regulacionista de largo plazo, pueden advertirse seis rasgos de la transformación estructural. Uno, la apertura comercial, con la que se buscaba que la economía mexicana fuera más competitiva: se eliminó la mayoría de los permisos de importación (sólo el 3% de las compras al exterior tenía estas restricciones) al mismo tiempo que entre 1984 y 1989 hubo “varias reducciones sucesivas de las tarifas arancelarias… El arancel promedio se redujo a cerca del 13%”. Dos, la búsqueda de la inversión extranjera, para lo cual “se modificó el reglamento de inversiones extranjeras y se estableció una política de aceptación casi irrestricta de la inversión extranjera directa que se comprometiera a exportar bienes manufacturados”. Tres, la promoción de exportaciones que se dio en función de mantener un tipo de cambio permanentemente subvaluado. Cuatro, la reprivatización parcial de la banca nacionalizada (el 34% de las acciones de los bancos pasó a manos privadas), la creación de una banca paralela y especulativa (se privatizó todo el sector financiero no bancario, como casas de bolsa, aseguradoras, arrendadoras, afianzadoras, etcétera) y el comienzo de la privatización de entidades paraestatales. Cinco, “el realineamiento de los precios relativos” (tipo de cambio, salarios, tasa de interés, bienes y servicios públicos). Y seis, “una estricta política fiscal y monetaria…más allá de las recomendaciones del FMI”.
Miguel de la Madrid Hurtado gobernó la crisis. Seguramente a él le hubiera gustado llegar al poder en una situación en la que la economía estuviera en crecimiento y fuera estable y desde allí, quizá, imprimirle otro sello y ritmo a las transformaciones. Creo que aquí sí aplica aquello del hombre y su circunstancia. Fue el sexenio de la crisis pero también el del inicio de la modernización económica a la que hoy se le reclama por crecimiento, empleo y justicia social.
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