Paquetes Contables, Acciones Reales Para tu PyME

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Lo bueno y lo malo de la deuda, Fernando Calzada Falcón

No soy ni he sido partidario del endeudamiento. En cambio, soy un convencido de que debemos vivir con nuestros propios recursos. Ya debemos saberlo: la deuda en sí misma no es algo bueno ni algo malo. Es buena o mala dependiendo de las respuestas a las preguntas de por qué, para qué, en qué condiciones, quién y cómo se pagará la deuda. Por ejemplo, es una excelente forma de disfrutar desde ahora de un bien que nos servirá para incrementar nuestro capital. Determinada persona compra mediante crédito un vehículo, no sólo para aprovecharlo y poder salir a pasear con su familia, sino también porque se asociará con alguien que ha puesto un negocio con buenas perspectivas cuya producción debe entregarse a domicilio. En este caso, claramente contrajo una deuda porque la cantidad de dinero requerida para la adquisición del vehículo superaba con mucho sus ahorros: aquí la deuda se transforma en inversión, pues en adelante lo que gane alcanzará con creces tanto para pagar los intereses, el capital y su depreciación como para proporcionarle un mayor ingreso con el que podrá acrecentar el bienestar de su familia. De la misma manera podríamos hacernos de una casa, un refrigerador o algún otro bien indispensable.

 

Para saber lo anterior no se necesita ser una lumbrera en cuestión de finanzas. Ahora fijémonos en el caso siguiente. Pedro tiene un ingreso mensual de 20 (ponga el lector las unidades monetarias que desee) y no acostumbra hacer uso del crédito porque apenas empieza a ser autosuficiente al conseguir su primer empleo. Esos 20 los ocupa en su mantenimiento. Un buen día, el representante de algún banco se acerca a él y le ofrece una tarjeta de crédito. Él acepta gustoso, siente que ahora sí va a vivir mejor. La tarjeta tiene un límite de 15. El fin de semana sale con sus amigos, algunos sostenidos por sus padres por lo que están limitados a lo que se les pueda dar que no es mucho, se siente importante, tiene un estatus diferente a la mayoría de sus amistades, y decide invitar. Le da el estrenón a la tarjeta y paga la cuenta que suma 10. En las quincenas siguientes se dedica a gastar en lo mismo que erogaba cuando aún no tenía tarjeta hasta que le llega su estado de cuenta en donde le señalan que debe hacer un pago mínimo, mismo que realiza pero advierte que ya no le alcanza para disfrutar los mismos gastos que antes. Piensa que la providencia le envía un representante de otro banco que le ofrece también una tarjeta y ahora ya podrá gastar como en los tiempos recientes antes de que pagara en el antro. Es el camino que muchos recorren. Conclusión: una vez contraída una deuda ya no puedes gastar la misma cantidad que cuando no eras un tarjetahabiente porque tus ingresos siguen siendo los mismos. Así que o aumentas tus ingresos (siempre más complicado) o disminuyes tu gasto, o una combinación de ambas políticas. ¿Quién pagará los costos de este sobreendeudamiento? No es difícil la respuesta: él. Así es la economía, como escribió Martín Girard en las páginas de El País refiriéndose a otro tema, “el autobús que se atrasa sólo puede atrasarse más, ya que más gente espera en las paradas y tardará más en subir y bajar. La única manera de evitar el atraso consistiría en mantener durante el resto del trayecto, las puertas cerradas. O en no parar.” Cerrar las puertas o no parar sería una forma distinta de llamarle a lo que los economistas califican técnicamente como ajuste.

 

Lo dicho nos parece obvio (aunque luego nos comportemos como si lo olvidáramos). Con la deuda pública sucede algo similar, pero es más grave. Como le escuché decir a un ex gobernador, en finanzas públicas sólo te  equivocas una vez; todo lo demás serán consecuencias de ese error. Lo obvio: si un gobierno contrata deuda, desde luego que no podrá gastar bajo parámetros iguales a cuando no lo había hecho. Pongamos por caso que ese país, estado o municipio, tuvo una disminución abrupta de sus ingresos por x razón. Si existe la certeza de que es algo absolutamente temporal, atípico, tal vez lo mejor sea contratar crédito para no interrumpir programas que están en marcha. Por supuesto, en el ejercicio del siguiente año habrá que bajar el gasto para poder cubrir los compromisos asumidos con el banco. Ahora, si no es pasajero sino la realidad de nuevas reglas del juego (por ejemplo una reforma al marco jurídico), entonces las cosas son muy diferentes y habrá llegado la hora de replantearse programas de gasto y muchas otras cuestiones. Entre más tiempo corra sin que se tomen esas decisiones, el ajuste será más doloroso y costoso. También el endeudamiento puede ser justificable porque se vivió una catástrofe que obliga a realizar un gasto extraordinario.

 

Diferentes estados y municipios se han endeudado más allá de lo prudente. Acudir al argumento de que hay otros que están peor, me parece una ñoñería. Aunque salí reprobado en el examen no estuve tan mal porque saqué 4 de calificación y otros hasta cero. Mi calidad de reprobado no cambia en absoluto. ¿Y por qué no compararse con los que están mejor y tratar de ser como ellos? Que otros tengan relaciones deuda/PIB, deuda/ingresos totales, deuda/ingresos no etiquetados, deuda/ingresos propios o deuda/participaciones peores no es ningún consuelo. Es como decir que en México la pobreza no es tan grave como en Nepal: ¿por qué no mejor nos comparamos con los finlandeses? Estas relaciones no son suficientes para calificar como admisible una deuda. Más importante que eso son las razones para las que se contratan créditos. Es muy diferente cuando se hace para construir una obra vial por la que se cobrará una cuota, en donde incluso la fuente de pago es la cuota de peaje en el largo plazo, o para construir una planta potabilizadora que dotará de recursos al erario mediante el cobro de derechos, que cuando se trata de completar el ingreso del año, pues si no alcanza para este menos será suficiente para el siguiente porque hay que empezar a pagar. Por eso hay criterios de la Suprema Corte de Justicia de la Nación que establecen cómo entender el postulado constitucional de que la deuda pública debe ser para inversión pública productiva: que directa o indirectamente conduzca a una elevación de los ingresos. Así que cuando se contrata deuda debe analizarse si va a darse dicho incremento.

 

Finalmente, hay una enorme diferencia entre la deuda que contrata un particular y un gobierno. La del primero la pagará sólo él, no es así la deuda pública. Lo que se ha vivido en parte del país es perverso. Un gobierno adquiere una deuda que no pagará, ni siquiera estrictamente hablando los siguientes. Es más que un asunto de gobiernos. Pagará la sociedad que se verá privada de programas gubernamentales porque durante muchos años una significativa cantidad de dinero se dedicará a pagar. Es injusto, aunque a los economistas no les gustan estos términos. Por eso digo que el endeudamiento excesivo obligará a un ajuste de las finanzas públicas (ya se verá qué tan severo). No se necesita ser un Nobel de economía, sino ver la realidad.

21/noviembre/2012

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Senda económica a la felicidad I

Durante muchos años pensé que sentirse bien, ser feliz (o lo más cercano a eso), era sobre todo un asunto individual. Aunque en esencia lo sigo pensando, cada día que pasa me convenzo más de que hay un componente social, colectivo, que facilita o entorpece ser feliz. Creo que no digo nada nuevo si afirmo que la incertidumbre acerca del futuro económico es un factor que influye para generar molestia en las personas. Si uno se junta con personas insatisfechas con la vida que llevan porque no han logrado, por ejemplo, ver culminadas sus expectativas de cuando fueron jóvenes, es probable que nos vayamos contagiando de ese estado de ánimo; en cambio, convivir con quienes aún en la adversidad conservan buen ánimo nos transmite bienestar. El asunto a dilucidar es si desde el gobierno se puede hacer algo (diseñar, instrumentar y constatar de forma mensurable la efectividad de las políticas públicas aplicadas ex profeso) para evitar la depresión de los individuos y generar felicidad.

 

En una colaboración anterior me referí en términos muy generales, basándome en la opinión del (re) conocido economista estadounidense Jeffrey Sachs (hoy presidente del Instituto de la Tierra de la Universidad de Columbia), sobre la experiencia del Reino de Bután, en donde el gobierno modificó la manera de cuantificar el progreso: no se mediría el crecimiento del Producto Nacional (o Interno) Bruto (PNB), sino que el indicador fundamental sería el comportamiento de lo que definió como Felicidad Nacional Bruta. Remataba mi colaboración señalando que ojalá y en el futuro Sachs nos regalara muchas más reflexiones en torno al tema. La noticia es que así lo ha hecho. Recientemente se ha publicado ya en español su libro El precio de la civilización (que no he encontrado en las librerías de México pero que en internet logré leer tres capítulos).

 

Sachs abunda en la experiencia de Bután y refiere que fue creada la Comisión para la Felicidad Nacional Bruta con objeto de supervisar las medidas que cuantificarían y darían seguimiento a los cambios en dicha felicidad. Así que se definieron nueve ámbitos: 1) bienestar psicológico; 2) uso del tiempo; 3) vitalidad de la comunidad; 4) cultura; 5) sanidad; 6) educación; 7) diversidad medioambiental; 8) estándares de vida, y 9) gobernabilidad. Cada uno de éstos se mide con una serie de indicadores específicos. “Lo destacable es la combinación de medidas económicas relativamente normalizadas, como los ingresos de las familias y la educación, con medidas de integridad cultural (por ejemplo, el uso de dialectos, el compromiso con los deportes tradicionales y los festivales comunitarios), ecología (por ejemplo, la cobertura forestal), situación sanitaria (por ejemplo, el índice de masa corporal, el número de días que se está sano al mes), bienestar de la comunidad (por ejemplo, la confianza social, la densidad de parentesco), localización temporal y salud mental en general (por ejemplo, indicadores de trastornos psicológicos)”.

 

Así como no se puede afirmar que estemos bien porque la economía funciona con las principales variables en estabilidad (inflación, tipo de cambio, balanza de pagos y reservas internacionales, déficit público, tasa de interés), mientras tengamos un crecimiento mediocre, con tasas que no alcanzan a generar los empleos suficientes en el sector formal, así tampoco podríamos afirmar que con un buen desempeño económico (crecimiento competitivo y estable a tasas más elevadas, incremento del empleo y del ingreso promedio, etcétera), nuestro panorama mejoraría en los demás órdenes: habría que ver también cómo están la salud, la educación, la desigualdad social, la pobreza, más todo aquello que le queramos añadir. Pero, aunque todo eso mejorara significativamente, eso tampoco garantiza que individual y colectivamente nos vayamos a sentir mejor, satisfechos, felices. Todo eso nos daría una amplísima base, sin duda. Se necesitan cubrir otros requerimientos.

 

Por eso, expone Sachs sobre Estados Unidos, “es fácil perder de vista el objetivo último de la política económica: que la gente esté satisfecha de la vida. Este último objetivo debería ser incuestionable en un país fundado para defender el inalienable derecho a perseguir la felicidad. Pero no sólo estamos perdiendo oportunidades de fomentar la felicidad a través de nuestros compromisos colectivos, sino que incluso estamos perdiendo la oportunidad de medir la felicidad de modo que podamos evaluar qué estamos haciendo como nación. Nuestra obsesión por el crecimiento del PNB distrae nuestra atención de indicadores más importantes”. Y recuerda un discurso de Robert F. Kennedy Jr. que por el alto significado que tiene y lo emotivo lo cito completo:

 

“Nuestro Producto Nacional Bruto es ahora aproximadamente de 800.000 millones de dólares al año, pero ese Producto Nacional Bruto, si juzgamos a Estados Unidos por él, computa la contaminación atmosférica, y los anuncios de cigarrillos, y las ambulancias para limpiar nuestras autopistas de muertos. Computa las cerraduras de seguridad para nuestras puertas y las cárceles para las personas que las forzaron. Computa la destrucción de las secoyas y la pérdida de nuestras maravillas naturales en terribles borrascas. Computa Napalm, las cabezas nucleares, y los coches blindados de la policía para combatir los disturbios en nuestras ciudades. Computa los rifles Whitman y los cuchillos Speck y los programas de televisión que ensalzan la violencia para vender juguetes para los niños. Sin embargo, el Producto Nacional Bruto no tiene en cuenta la salud de nuestros hijos, la calidad de su educación, o el goce en su juego; no incluye la belleza de nuestra poesía o la solidez de nuestros matrimonios, lo documentados que están nuestros debates públicos por la integridad de nuestros funcionarios. Ni mide nuestro ingenio ni nuestro coraje, ni nuestra sabiduría ni nuestros conocimientos,  ni nuestra compasión ni nuestra devoción a nuestro país; en resumen, mide todo menos lo que hace que la vida merezca la pena. Y puede decirnos todo sobre Estados Unidos, excepto por qué estamos orgullosos de ser americanos”.

 

Por fortuna, cada día gana terreno la postura de los economistas que pugnan, sí, porque haya estabilidad, pero también crecimiento, y que incluso se atreven a ir un poco más allá, en otras palabras, que han recordado (o quizá haya algunos que no lo han olvidado) que el fin último es lograr que la vida, como dijo Kennedy, merezca la pena. Tenemos que hacer mucho más. Volveremos sobre el tema.

 

Fernando Calzada Falcón 

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Senda económica a la felicidad I

Durante muchos años pensé que sentirse bien, ser feliz (o lo más cercano a eso), era sobre todo un asunto individual. Aunque en esencia lo sigo pensando, cada día que pasa me convenzo más de que hay un componente social, colectivo, que facilita o entorpece ser feliz. Creo que no digo nada nuevo si afirmo que la incertidumbre acerca del futuro económico es un factor que influye para generar molestia en las personas. Si uno se junta con personas insatisfechas con la vida que llevan porque no han logrado, por ejemplo, ver culminadas sus expectativas de cuando fueron jóvenes, es probable que nos vayamos contagiando de ese estado de ánimo; en cambio, convivir con quienes aún en la adversidad conservan buen ánimo nos transmite bienestar. El asunto a dilucidar es si desde el gobierno se puede hacer algo (diseñar, instrumentar y constatar de forma mensurable la efectividad de las políticas públicas aplicadas ex profeso) para evitar la depresión de los individuos y generar felicidad.

 

En una colaboración anterior me referí en términos muy generales, basándome en la opinión del (re) conocido economista estadounidense Jeffrey Sachs (hoy presidente del Instituto de la Tierra de la Universidad de Columbia), sobre la experiencia del Reino de Bután, en donde el gobierno modificó la manera de cuantificar el progreso: no se mediría el crecimiento del Producto Nacional (o Interno) Bruto (PNB), sino que el indicador fundamental sería el comportamiento de lo que definió como Felicidad Nacional Bruta. Remataba mi colaboración señalando que ojalá y en el futuro Sachs nos regalara muchas más reflexiones en torno al tema. La noticia es que así lo ha hecho. Recientemente se ha publicado ya en español su libro El precio de la civilización (que no he encontrado en las librerías de México pero que en internet logré leer tres capítulos).

 

Sachs abunda en la experiencia de Bután y refiere que fue creada la Comisión para la Felicidad Nacional Bruta con objeto de supervisar las medidas que cuantificarían y darían seguimiento a los cambios en dicha felicidad. Así que se definieron nueve ámbitos: 1) bienestar psicológico; 2) uso del tiempo; 3) vitalidad de la comunidad; 4) cultura; 5) sanidad; 6) educación; 7) diversidad medioambiental; 8) estándares de vida, y 9) gobernabilidad. Cada uno de éstos se mide con una serie de indicadores específicos. “Lo destacable es la combinación de medidas económicas relativamente normalizadas, como los ingresos de las familias y la educación, con medidas de integridad cultural (por ejemplo, el uso de dialectos, el compromiso con los deportes tradicionales y los festivales comunitarios), ecología (por ejemplo, la cobertura forestal), situación sanitaria (por ejemplo, el índice de masa corporal, el número de días que se está sano al mes), bienestar de la comunidad (por ejemplo, la confianza social, la densidad de parentesco), localización temporal y salud mental en general (por ejemplo, indicadores de trastornos psicológicos)”.

 

Así como no se puede afirmar que estemos bien porque la economía funciona con las principales variables en estabilidad (inflación, tipo de cambio, balanza de pagos y reservas internacionales, déficit público, tasa de interés), mientras tengamos un crecimiento mediocre, con tasas que no alcanzan a generar los empleos suficientes en el sector formal, así tampoco podríamos afirmar que con un buen desempeño económico (crecimiento competitivo y estable a tasas más elevadas, incremento del empleo y del ingreso promedio, etcétera), nuestro panorama mejoraría en los demás órdenes: habría que ver también cómo están la salud, la educación, la desigualdad social, la pobreza, más todo aquello que le queramos añadir. Pero, aunque todo eso mejorara significativamente, eso tampoco garantiza que individual y colectivamente nos vayamos a sentir mejor, satisfechos, felices. Todo eso nos daría una amplísima base, sin duda. Se necesitan cubrir otros requerimientos.

 

Por eso, expone Sachs sobre Estados Unidos, “es fácil perder de vista el objetivo último de la política económica: que la gente esté satisfecha de la vida. Este último objetivo debería ser incuestionable en un país fundado para defender el inalienable derecho a perseguir la felicidad. Pero no sólo estamos perdiendo oportunidades de fomentar la felicidad a través de nuestros compromisos colectivos, sino que incluso estamos perdiendo la oportunidad de medir la felicidad de modo que podamos evaluar qué estamos haciendo como nación. Nuestra obsesión por el crecimiento del PNB distrae nuestra atención de indicadores más importantes”. Y recuerda un discurso de Robert F. Kennedy Jr. que por el alto significado que tiene y lo emotivo lo cito completo:

 

“Nuestro Producto Nacional Bruto es ahora aproximadamente de 800.000 millones de dólares al año, pero ese Producto Nacional Bruto, si juzgamos a Estados Unidos por él, computa la contaminación atmosférica, y los anuncios de cigarrillos, y las ambulancias para limpiar nuestras autopistas de muertos. Computa las cerraduras de seguridad para nuestras puertas y las cárceles para las personas que las forzaron. Computa la destrucción de las secoyas y la pérdida de nuestras maravillas naturales en terribles borrascas. Computa Napalm, las cabezas nucleares, y los coches blindados de la policía para combatir los disturbios en nuestras ciudades. Computa los rifles Whitman y los cuchillos Speck y los programas de televisión que ensalzan la violencia para vender juguetes para los niños. Sin embargo, el Producto Nacional Bruto no tiene en cuenta la salud de nuestros hijos, la calidad de su educación, o el goce en su juego; no incluye la belleza de nuestra poesía o la solidez de nuestros matrimonios, lo documentados que están nuestros debates públicos por la integridad de nuestros funcionarios. Ni mide nuestro ingenio ni nuestro coraje, ni nuestra sabiduría ni nuestros conocimientos,  ni nuestra compasión ni nuestra devoción a nuestro país; en resumen, mide todo menos lo que hace que la vida merezca la pena. Y puede decirnos todo sobre Estados Unidos, excepto por qué estamos orgullosos de ser americanos”.

 

Por fortuna, cada día gana terreno la postura de los economistas que pugnan, sí, porque haya estabilidad, pero también crecimiento, y que incluso se atreven a ir un poco más allá, en otras palabras, que han recordado (o quizá haya algunos que no lo han olvidado) que el fin último es lograr que la vida, como dijo Kennedy, merezca la pena. Tenemos que hacer mucho más. Volveremos sobre el tema.

 

Fernando Calzada Falcón 

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3 reformas, 3 iniciativas

 El ganador de los comicios del pasado 1 de julio, faltando aún la calificación de la elección a cargo del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, Enrique Peña Nieto, propuso durante su campaña tres grandes reformas estructurales, reformas que atienden realidades que deben enfrentarse. El país no puede permitirse el lujo de la inacción en estos temas, pues de lo contrario no seguiremos rezagando y el bienestar de la mayoría de la población seguirá viéndose afectado. La primera es la reforma hacendaria  que, para ser efectiva, tiene que actuar sobre el ingreso y el gasto del gobierno. En cuanto al ingreso, debe resaltarse que México tiene la menor recaudación fiscal de todos los países que integran la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y de las más bajas también en América Latina. Como esta recaudación es débil se tiene un gasto público reducido que cubre insuficientemente las obligaciones que la Constitución le marca al Estado mexicano. Para revertir dicha situación Peña Nieto ha propuesto abarcar cuatro campos de acción, como acertadamente ha señalado Soraya Pérez Munguía en las páginas de El heraldo de Tabasco. Uno, ampliar la base gravable al fortalecer la capacidad del Sistema de Administración Tributaria (SAT) y reducir los incentivos a la informalidad, al tiempo de aumentarlos a la economía formal. Dos, disminuir notablemente las exenciones y privilegios fiscales. Para darnos una idea, digamos que las exenciones, diferimientos de pago y deducciones del Impuesto sobre la Renta (ISR) en este 2012 habrán de significar, de acuerdo con números de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, 181.6 miles de millones de pesos, y en cuanto a las exenciones y tasa cero del Impuesto al Valor Agregado (IVA), 220.5 miles de millones. Entre los dos impuestos, estamos hablando de poco más de 400 mil millones de pesos. Tres, simplificar el sistema fiscal que considera, entre otras cosas, fusionar el ISR y el Impuesto Empresarial a Tasa Única (IETU). Y cuatro, redefinir las obligaciones tributarias de los tres órdenes de gobierno: los estados y municipios no pueden ser solamente receptores de participaciones y demás transferencias federales, sino que deben responsabilizarse más de la recaudación.

 

Los mayores ingresos que se pudieran obtener estarían dirigiéndose prioritariamente, por el lado del gasto a la creación de un Sistema de Seguridad Social Universal y a las jornadas escolares completas, entre otros objetivos.  Sin embargo, me quedo con la duda de qué se piensa hacer en materia del subsidio a las gasolinas (que beneficia a una minoría de la población y le resta al gobierno la atención a las necesidades de las mayorías), que en 2012 alcanzará por lo menos 172.3 miles de millones de pesos, y en todo el sexenio de Felipe Calderón más de 800 mil millones.

 

La segunda reforma estructural es la energética. Aquí, por un lado, se ha hablado de permitir la inversión privada en petróleo y gas. Conviene subrayar que no considera la privatización de Pemex, lo cual supone que el Estado conservaría la rectoría del sector. Será necesario esperar a que en su momento se conozcan más detalles. Por otro lado, también se actuará en otro espectro: la energía eléctrica con el propósito de tener un menor costo para las familias y las empresas.

 

Y la tercera reforma estructural es la laboral, de la que ignoro, en buena medida, su contenido pero que, supongo, se basará principalmente en  la propuesta que la bancada del Partido Revolucionario Institucional (PRI) presentó en la  aún vigente legislatura en la Cámara de Diputados. En nuestro país se incorpora cerca de un millón de jóvenes cada año al mercado de trabajo: la menor proporción logra ocuparse en el sector formal de la economía y la mayor a la informalidad y muchos a actividades ilegales. Debe contarse con un marco regulatorio más flexible que fomente el empleo, particularmente el primero, y remuneraciones dignas.

 

Pero para actuar cuanto antes, Peña Nieto ha convocado  a todos los partidos y a la ciudadanía “a aportar su visión y propuestas sobre tres temas específicos”. Se trata de algo que no formaba parte de los planteamientos que con mucha antelación se formularon para hacerse presentes en la campaña, pero que ésta mostró que son grandes preocupaciones sociales. Así, la primera iniciativa es la creación con autonomía constitucional de la Comisión Nacional Anticorrupción con facultades de sanción. Muchas organizaciones en el país e instituciones internacionales han evaluado que la corrupción en nuestro país es una pesada carga, un costo que significa varios puntos del Producto Interno Bruto (PIB), dado el fracaso de la Secretaría de la Función Pública (en esta institución, que debe ser modelo, más del 90% de los contratos han sido por asignación directa) y de las contralorías estatales y municipales. Me parece que esta es una oportunidad inmejorable para plantearse seriamente la lucha contra la corrupción.

 

La segunda iniciativa es la ampliación de la transparencia de todos los órdenes de gobierno  y de los Poderes de la Unión dotando de competencia al Instituto Federal de Acceso a la Información y Protección de Datos (IFAI). Muchos sectores sociales y políticos hablan insistentemente de la opacidad con que se manejan el Legislativo y el Judicial, así como los gobiernos estatales y municipales, al tiempo que expresan que los institutos de transparencia estatales son manejados tras bambalinas por los Ejecutivos locales. Por supuesto que esta iniciativa va de la mano con la anterior: la mayor transparencia de todos y el trabajo de la Comisión Nacional Anticorrupción, garantizaría un avance importante en el comportamiento de todos los servidores públicos, independientemente de su nivel  jerárquico y del espacio en el que laboren.

 

La tercera iniciativa está dirigida a hacerse cargo de una queja ciudadana que es la relación actores políticos y gobiernos con los medios de comunicación. De allí que Peña Nieto proponga la creación de “una instancia ciudadana y autónoma que supervise la contratación de publicidad entre gobiernos y medios”.

 

Como se ve, propone que la fuerza de la ciudadanía se haga de un poder que, hoy por hoy, no detenta. Se trata, me parece, de una valiosa oportunidad. Está consciente de que debe haber respuesta para los reclamos ciudadanos más allá de filiaciones partidistas. La convocatoria está abierta. Si el TEPJF ratifica el resultado de las urnas, los perdedores del proceso electoral pueden elegir entre lamentarse o participar activamente para darle la mejor forma a estas iniciativas y llevar adelante las reformas estructurales. Cosa de recordar a la víbora de la mar: los de adelante corren mucho y los de atrás se quedarán. 

Fernando Calzada Falcón 

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Dos detalles sobre la elección

En los abundantes análisis y comentarios sobre la elección presidencial me parece que se han dejado de lado dos asuntos trascendentes. El primero se refiere al tiempo de exposición en los medios. Andrés Manuel López Obrador (AMLO) ha calificado a Enrique Peña Nieto (EPN) de ser el candidato de las televisoras, así como también de “los de arriba” (una forma distinta en su república amorosa de llamar a lo que antes de la campaña señalaba como “la mafia”). Ha dicho que EPN como gobernador del Estado de México gastó una fortuna en publicidad y ahora mantiene una alianza con las televisoras, especialmente Televisa. Se trata, en su lógica, de una componenda para beneficiarse mutuamente. Al mismo tiempo, él se dice víctima de ataques de oscuros intereses, de conspiraciones, que le han impedido llegar a la presidencia. Tiene predilección por subrayar una sociedad dividida entre buenos y malos, ricos y pobres, los de abajo y los de arriba, los que quieren servir a su país y los que desean servirse de él. Él, por supuesto, se ubica a sí mismo dentro de los buenos con los propósitos más nobles.

 

En el primer debate entre los candidatos AMLO resaltó esa amalgama de intereses entre EPN y las televisoras, a lo que este último respondió que si la televisión hiciera presidentes AMLO ya lo hubiera sido. Y aquí es donde me quiero detener. Se olvida que, en realidad, AMLO tiene doce años de campaña, a pesar de lo cual no le ha alcanzado para estar en estos días arriba en las encuestas. En particular, durante el tiempo en que fue Jefe de Gobierno en el Distrito Federal, todos los días, invariablemente, tuvo una gran cobertura en los medios. Su conferencia de prensa era cubierta por todos los medios. Incluso, Brozo en su noticiario El mañanero, tenía al Capitán Guarnís que le dedicaba varios minutos reportándole declaraciones y puntadas de AMLO. De modo que no le faltó espacio mediático en los primeros seis de los doce años. En la elección de 2006 y el posterior conflicto que desató exigiendo el recuento voto por voto y casilla por casilla, siguió apareciendo en los medios por una sencilla razón: era noticia y lo fue hasta celebrar la asamblea en el Zócalo donde fue nombrado por sus seguidores como presidente legítimo. Después se lanzó a ir a cada uno de los municipios pero dejó de ser noticia, en especial, una que le interesara a quienes leen prensa, escuchan radio o ven televisión.

 

Ya se ha explicado varias veces que el número de spots de los candidatos o partidos depende del resultado de la elección más reciente y que, por lo tanto, al haber obtenido el PRI con el PVEM más votos que el PAN y muchos más que PRD-PT-Movimiento Ciudadano, le corresponde legalmente más publicidad así como también más prerrogativas. Pero la conclusión es que a AMLO en sus doce años de campaña no le ha faltado espacio en los medios, quizá no todo el que a él le hubiera gustado. La gran pregunta que AMLO debería plantearse es por qué a pesar de esa presencia durante más de una década, hoy las encuestas no lo registran como puntero. Un ejercicio interesante que alguien debería hacer es averiguar cuántas veces ha aparecido AMLO en la primera plana de los principales diarios a nivel nacional o también cuánto tiempo en estos doce años ha tenido espacio, por ejemplo, en El Noticiero de Joaquín López Dóriga. Es muy probable que ni de lejos alcancen esos números los otros candidatos.

 

El segundo asunto al que me quiero referir es: ¿ganará EPN la elección? Si existe democracia en México es natural que haya incertidumbre respecto a quién finalmente elegirá la mayoría. De hecho, si hay competencia es porque todos tienen posibilidad. Que uno de los candidatos desde los meses previos a la campaña tuviera mayores simpatías no significa, desde luego, que vaya a ganar. En un torneo de fútbol no se explicaría que los equipos participaran si no tuvieran la posibilidad de ganarlo (posibilidad es distinto de probable: en los vuelos comerciales antes daban instrucciones a los pasajeros diciéndoles “en el posible pero improbable caso de…”). Que en el tiempo transcurrido las encuestas lo tengan con una ventaja importante no quiere decir que los otros ya estén vencidos. Eso lo sabemos todos.

 

Sin embargo, hay algunos datos a tomar en cuenta. Por ejemplo, AMLO en 2006 tenía que pedir muchísimas más simpatías, adhesiones o votos que los que tradicionalmente podían aportarle los partidos que lo postularon. En otras palabras, si él no hubiera sido el candidato es probable que otro no hubiera rebasado el 20 o 21% del total de votos. Si tuvo más fue porque simpatizantes de otros partidos distintos a aquellos de los que fue candidato o sin identificación partidista decidieron votar por él. Algo similar podría decirse de Felipe Calderón: con únicamente los votos del PAN no hubiera alcanzado los que le dieron la mayoría. De esto se obtiene una conclusión: tanto AMLO como Calderón “tomaron” votos de ciudadanos sin afinidad partidista o de simpatizantes y militantes del PRI. La buena cantidad de votos que “jalaron” uno y otro, por supuesto que también explica por qué el PRI quedó en un lejano tercer lugar. Más, si como se ha sostenido, esa elección fue una especie de referéndum: López Obrador, ¿sí o no?

 

Los analistas y comentaristas han expresado que no hay nada decidido y es cierto, pero hay un matiz que debe hacerse. De la elección de 2000 se señalan dos hechos que condujeron al resultado conocido: un buen candidato, Fox, y errores en la campaña de Francisco Labastida. No obstante, no se pondera suficientemente que la unidad del PRI estaba maltrecha, la contienda interna había dejado heridas. Y sobre la elección de 2006 ha tenido preminencia en el análisis lo ocurrido con el primero y segundo lugares, lo cual mueve al olvido que quizá como nunca en su historia el PRI se presentó hecho pedazos, ni siquiera una unidad simulada. El apoyo de algunos sectores del PRI a los otros candidatos distintos a Roberto Madrazo fue abierto. Así, el aspecto relevante ahora es que el PRI a nivel nacional se presenta unido, algo no visto en las dos ocasiones anteriores. Aunque no es lo mismo una elección intermedia que una presidencial, el resultado de hace tres años no se puede olvidar. Si a eso se agrega un buen candidato, bien evaluado a nivel de la opinión pública nacional y con resultados exitosos en su gestión en el estado de México, tendremos la explicación de por qué es el puntero de las encuestas. He aquí la conclusión que me parece importante: de todos los candidatos es el que menos cantidad necesita de indecisos, independientes o simpatizantes o de votos tradicionalmente expresados a otros partidos. Quadri, desde luego, Vázquez Mota y AMLO para ganar necesitarían muchísimos más. En consecuencia, pienso que EPN y el PRI ganarán, pero recordando que, como dijo alguien, las elecciones se ganan antes, durante y después de los comicios.

 

Fernando Calzada Falcón 

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Amor desordenado

 A contraluz

 

Eso que llaman amor mi corazón lo sintió nomás contigo…cantaba con melaza hace algunos lustros Mario Quintero. Definir sentimientos es una tarea complicada, más la palabra amor. Intente el lector una definición y verá cuán difícil es. En días pasados me topé con tres comentarios (uno, de Manuel Cruz, “Love is in the air” en El País; otro de Paula Corroto “El nuevo filósofo alemán de moda” en Público.es,  y otro más, “Elogio de la cana al aire” en El mundo) sobre el libro de reciente aparición del filósofo alemán Richard David Precht: Amor: un sentimiento desordenado. Un recorrido por la biología, la sociología y la filosofía. Inicié su búsqueda y sólo el empeño de mis amistades hizo que encontraran un ejemplar en una librería de la ciudad de México. Su lectura ha sido aventura y deleite. Éste es el tercer libro de Precht (los anteriores fueron El arte de no ser egoísta y ¿Quién soy…y cuántos?).  De los tres se han vendido tres millones de ejemplares. Todo un fenómeno si se considera que no aborda la autoayuda, y en cambio, mezcla los avances científicos con la filosofía; lo hace de una manera clara, entendible para los no especialistas y con humor. 

 

Como ilustra el mismo Precht, si en Google se busca la palabra love, dada “la invasión estadounidense del lenguaje”,  aparecen 2 mil millones de entradas y más de 100 millones si se trata de lieve (alemán), amour (francés) o amor en castellano. Hay amor al trabajo, la patria, Dios, los animales, la música, etcétera, pero él analiza el amor de género. “Por muy importante que sea para nosotros, en la filosofía occidental el amor de género es considerado desde Platón como música underground… De lo que no se podía acreditar que fuera razonable se prefería callar”. Él busca tender un puente de entendimiento entre las distintas disciplinas, entre química, biología, zoología, psicología, neurología, sociología y filosofía, pues “la filosofía sin la ciencia natural está vacía y la ciencia natural sin la filosofía está ciega”.

 

Por ejemplo, se ha querido ligar el comportamiento humano con el de nuestros parientes más cercanos, los primates. El problema es que no sólo su comportamiento sexual no se parece al nuestro, sino tampoco entre ellos. Los gibones, por ejemplo, son “estrictamente monógamos” por lo que la búsqueda del compañero adecuado puede durar años. Los gorilas viven en familias-harén con un solo macho. Entre los chimpancés “las reglas son más laxas… Entre ellos existe un macho dominante, pero también los otros machos pueden perfectamente entrar en acción y aparearse con varias hembras”. Y los bonobos, para los que “el sexo es…realmente agradable. Copulan todos los días y en todas las posiciones imaginables. Cualquiera puede hacerlo independientemente del rango que ocupe en el grupo”. Ahora bien, “desde el punto de vista genético los chimpancés y los bonobos están más o menos igualmente alejados de nosotros…entre 1.6 y 1.1 por ciento”. De modo que los humanos, los chimpancés y los bonobos están “tan cerca como lejos”. Es así que “sin una comprensión de la evolución cultural del ser humano muchas cosas esenciales quedan en la niebla”, como que “los celos o la elección de pareja en la época actual no son constantes inalterables del ser humano, sino variables culturales”.

 

Por ende, lo humano es más complejo: los filósofos no han querido estudiarlo, los antropólogos quieren encontrar diferencias inexistentes entre etnias, los evolucionistas buscan en el pasado pero se sabe mucho menos de los antepasados que de los actuales humanos, otros quieren estudiar supuestas diferencias entre el tamaño del cerebro de hombres y mujeres y no hay, otros atribuyen que el cerebro de unos y otras funciona en regiones distintas, otros han tenido como objetivo acentuar el papel de los genes y/o de las hormonas, pero nada de eso ha podido explicar qué es ni cómo se origina el amor. La óptica de Precht es transparente. Distingue entre tres aspectos que bien podrían confundir a cualquiera: deseo, “enamoramiento” (entendido básicamente como atracción) y amor. El deseo sexual lo despierta la psique, totalmente individual, “que es excitada por estímulos sensoriales determinados. Activado por ella, el hipotálamo pone en marcha el encanto sexual. Envía a los mensajeros dopamina, y en menor cuantía serotonina, para liberar testosterona y estrógenos” (aunque entran en juego imponderables y reacciones químicas secundarias).

 

El enamoramiento “resulta un escalón más complicado”. Este estado dura generalmente más que el deseo y es menos previsible y comprensible que los estimulantes del deseo.  No está claro por qué se da, “atraviesa de un extremo a otro el cerebro” y no sirve a la elección genética. “Dado que este estado exige un esfuerzo enorme del cuerpo y que tampoco protege el alma, no puede mantenerse en pie eternamente como parte del orden natural. Tres años de enamoramiento pasan por ser el máximo… Las mariposas en el estómago se vuelven a transformar en orugas…” Al igual que el deseo describir el enamoramiento no es tan difícil.

 

¿Y el amor? Ese sí es complejo precisarlo o explicarlo. Los biólogos “se encogen de hombros o fruncen el entrecejo cuando han de decir algo sobre el amor. En rigor ni siquiera está definido biológicamente el concepto”. Los humanos disponen de las hormonas oxitocina y vasopresina. La oxitocina “se forma en el hipotálamo y se traslada de ahí al lóbulo posterior de la hipófisis. Su efecto es comparable al de un opiáceo: actúa como estimulante y embriagante, a la vez que, en cierto modo, como tranquilizante”. La oxitocina provoca estimulación sexual, pero para eso no es necesario estar enamorado o amar, es un asunto físico y químico. Claro que la oxitocina juega su papel: “eso es algo que nadie debería discutir. Es algo así como el curry en una comida india. Sin el curry las viandas perderían su típico sabor. Pero sólo con la remisión al ingrediente ‘curry’ no se explican suficientemente la receta y el sabor de un manjar indio”. El amor tampoco es un instinto ni simplemente una emoción, va más allá: “las tres cosas juntas –emoción, sentimiento y comportamiento- constituyen lo que llamamos amor. Cuando falta una de las tres, nos parece que el amor no es pleno, que está incompleto o deteriorado”. Ahora, sorpréndase, el amor tiene mucho más que ver con nuestra infancia y cómo la vivimos que con la sexualidad: la necesidad de amor y la capacidad de amar proceden de nuestro condicionamiento infantil. “Nuestra experiencia de la infancia y la primera infancia contribuye poderosamente a troquelar nuestro comportamiento erótico y de pareja de adultos. Ahí influyen muchas cosas: el papel que juega el niño en la familia y la atención que recibe. O los roles de género de los padres, que el niño copia… Nos inclinamos a confiar en patrones que conocimos, y siempre asumimos, casi instintivamente, los mismos papeles… Lo sorprendente…es que la confirmación de nuestro patrón parece ser en definitiva más importante para nosotros que la felicidad esperada”.

 

Precht: el amor no es todo en la vida; pero sin amor todo es nada. Nos vemos aquí el próximo miércoles.

 Fernando Calzada Falcón 

fcalzadaf@mileniotabasco.net

Twitter: @fcalzadaf

 

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