Amor desordenado

 A contraluz

 

Eso que llaman amor mi corazón lo sintió nomás contigo…cantaba con melaza hace algunos lustros Mario Quintero. Definir sentimientos es una tarea complicada, más la palabra amor. Intente el lector una definición y verá cuán difícil es. En días pasados me topé con tres comentarios (uno, de Manuel Cruz, “Love is in the air” en El País; otro de Paula Corroto “El nuevo filósofo alemán de moda” en Público.es,  y otro más, “Elogio de la cana al aire” en El mundo) sobre el libro de reciente aparición del filósofo alemán Richard David Precht: Amor: un sentimiento desordenado. Un recorrido por la biología, la sociología y la filosofía. Inicié su búsqueda y sólo el empeño de mis amistades hizo que encontraran un ejemplar en una librería de la ciudad de México. Su lectura ha sido aventura y deleite. Éste es el tercer libro de Precht (los anteriores fueron El arte de no ser egoísta y ¿Quién soy…y cuántos?).  De los tres se han vendido tres millones de ejemplares. Todo un fenómeno si se considera que no aborda la autoayuda, y en cambio, mezcla los avances científicos con la filosofía; lo hace de una manera clara, entendible para los no especialistas y con humor. 

 

Como ilustra el mismo Precht, si en Google se busca la palabra love, dada “la invasión estadounidense del lenguaje”,  aparecen 2 mil millones de entradas y más de 100 millones si se trata de lieve (alemán), amour (francés) o amor en castellano. Hay amor al trabajo, la patria, Dios, los animales, la música, etcétera, pero él analiza el amor de género. “Por muy importante que sea para nosotros, en la filosofía occidental el amor de género es considerado desde Platón como música underground… De lo que no se podía acreditar que fuera razonable se prefería callar”. Él busca tender un puente de entendimiento entre las distintas disciplinas, entre química, biología, zoología, psicología, neurología, sociología y filosofía, pues “la filosofía sin la ciencia natural está vacía y la ciencia natural sin la filosofía está ciega”.

 

Por ejemplo, se ha querido ligar el comportamiento humano con el de nuestros parientes más cercanos, los primates. El problema es que no sólo su comportamiento sexual no se parece al nuestro, sino tampoco entre ellos. Los gibones, por ejemplo, son “estrictamente monógamos” por lo que la búsqueda del compañero adecuado puede durar años. Los gorilas viven en familias-harén con un solo macho. Entre los chimpancés “las reglas son más laxas… Entre ellos existe un macho dominante, pero también los otros machos pueden perfectamente entrar en acción y aparearse con varias hembras”. Y los bonobos, para los que “el sexo es…realmente agradable. Copulan todos los días y en todas las posiciones imaginables. Cualquiera puede hacerlo independientemente del rango que ocupe en el grupo”. Ahora bien, “desde el punto de vista genético los chimpancés y los bonobos están más o menos igualmente alejados de nosotros…entre 1.6 y 1.1 por ciento”. De modo que los humanos, los chimpancés y los bonobos están “tan cerca como lejos”. Es así que “sin una comprensión de la evolución cultural del ser humano muchas cosas esenciales quedan en la niebla”, como que “los celos o la elección de pareja en la época actual no son constantes inalterables del ser humano, sino variables culturales”.

 

Por ende, lo humano es más complejo: los filósofos no han querido estudiarlo, los antropólogos quieren encontrar diferencias inexistentes entre etnias, los evolucionistas buscan en el pasado pero se sabe mucho menos de los antepasados que de los actuales humanos, otros quieren estudiar supuestas diferencias entre el tamaño del cerebro de hombres y mujeres y no hay, otros atribuyen que el cerebro de unos y otras funciona en regiones distintas, otros han tenido como objetivo acentuar el papel de los genes y/o de las hormonas, pero nada de eso ha podido explicar qué es ni cómo se origina el amor. La óptica de Precht es transparente. Distingue entre tres aspectos que bien podrían confundir a cualquiera: deseo, “enamoramiento” (entendido básicamente como atracción) y amor. El deseo sexual lo despierta la psique, totalmente individual, “que es excitada por estímulos sensoriales determinados. Activado por ella, el hipotálamo pone en marcha el encanto sexual. Envía a los mensajeros dopamina, y en menor cuantía serotonina, para liberar testosterona y estrógenos” (aunque entran en juego imponderables y reacciones químicas secundarias).

 

El enamoramiento “resulta un escalón más complicado”. Este estado dura generalmente más que el deseo y es menos previsible y comprensible que los estimulantes del deseo.  No está claro por qué se da, “atraviesa de un extremo a otro el cerebro” y no sirve a la elección genética. “Dado que este estado exige un esfuerzo enorme del cuerpo y que tampoco protege el alma, no puede mantenerse en pie eternamente como parte del orden natural. Tres años de enamoramiento pasan por ser el máximo… Las mariposas en el estómago se vuelven a transformar en orugas…” Al igual que el deseo describir el enamoramiento no es tan difícil.

 

¿Y el amor? Ese sí es complejo precisarlo o explicarlo. Los biólogos “se encogen de hombros o fruncen el entrecejo cuando han de decir algo sobre el amor. En rigor ni siquiera está definido biológicamente el concepto”. Los humanos disponen de las hormonas oxitocina y vasopresina. La oxitocina “se forma en el hipotálamo y se traslada de ahí al lóbulo posterior de la hipófisis. Su efecto es comparable al de un opiáceo: actúa como estimulante y embriagante, a la vez que, en cierto modo, como tranquilizante”. La oxitocina provoca estimulación sexual, pero para eso no es necesario estar enamorado o amar, es un asunto físico y químico. Claro que la oxitocina juega su papel: “eso es algo que nadie debería discutir. Es algo así como el curry en una comida india. Sin el curry las viandas perderían su típico sabor. Pero sólo con la remisión al ingrediente ‘curry’ no se explican suficientemente la receta y el sabor de un manjar indio”. El amor tampoco es un instinto ni simplemente una emoción, va más allá: “las tres cosas juntas –emoción, sentimiento y comportamiento- constituyen lo que llamamos amor. Cuando falta una de las tres, nos parece que el amor no es pleno, que está incompleto o deteriorado”. Ahora, sorpréndase, el amor tiene mucho más que ver con nuestra infancia y cómo la vivimos que con la sexualidad: la necesidad de amor y la capacidad de amar proceden de nuestro condicionamiento infantil. “Nuestra experiencia de la infancia y la primera infancia contribuye poderosamente a troquelar nuestro comportamiento erótico y de pareja de adultos. Ahí influyen muchas cosas: el papel que juega el niño en la familia y la atención que recibe. O los roles de género de los padres, que el niño copia… Nos inclinamos a confiar en patrones que conocimos, y siempre asumimos, casi instintivamente, los mismos papeles… Lo sorprendente…es que la confirmación de nuestro patrón parece ser en definitiva más importante para nosotros que la felicidad esperada”.

 

Precht: el amor no es todo en la vida; pero sin amor todo es nada. Nos vemos aquí el próximo miércoles.

 Fernando Calzada Falcón 

fcalzadaf@mileniotabasco.net

Twitter: @fcalzadaf

 

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