¿Quién carga tu sobrepeso?

 

En alguna colaboración anterior me referí al tema de la relación entre, por un lado, las cuestiones económicas y, por otro, el sobrepeso creciente de la población en nuestro país y el resto del mundo, particularmente presente en los jóvenes y adultos. El sobrepeso no sólo tiene implicaciones sobre la salud de los individuos, sino también en la atención a los padecimientos generalmente asociados a ella, como pueden ser la diabetes o las enfermedades cardiovasculares, o algunos tipos de cáncer, que merman la calidad y duración de vida. Por ejemplo, en México ha habido una transformación en la morbilidad: puede verse en que hace algunos lustros muchas muertes se producían por epidemias que el sistema de salud no alcanzaba a controlar con eficacia (como el paludismo) o enfermedades diarréicas. El asunto es que la atención a unas y otras enfermedades implica diferentes costos: no cuesta lo mismo tratar las enfermedades actuales que las antiguas. Es por eso que los sistemas públicos de salud enfrentan problemas de financiamiento para poder ofrecer a la población la atención necesaria, lo cual tarde o temprano requerirá una carga mayor a los contribuyentes, o en el caso de las personas que no tienen relación directa con dichos sistemas, les pegará directamente en los bolsillos, además de tampoco poder librarse de la mayor carga impositiva o tributaria.

 

Fijándose en lograr el objetivo de desincentivar el consumo de los alimentos engordadores, en muchas partes del mundo se ha aplicado un “impuesto a la obesidad”. Sin embargo, dos realidades se han olvidado o no se han querido ver y asumir con todas sus consecuencias: primero, que las tasas del impuesto son tan bajas que no tienen mayor impacto en el precio como para afectar la demanda y así desalentar a la gente a dejar de consumirlos; segundo, es muy difícil que el impuesto tenga éxito si al mismo tiempo la comida sana y nutritiva tiene costos elevados.

 

La pregunta pertinente es por qué si casi todos pierden, se supone, se sigue consumiendo esa comida (a excepción, se piensa, sólo de las compañías que la producen). Tal vez la respuesta sea que hay muchos más que ganan de aquellos en los que acostumbramos pensar. Kenneth Rogoff  (profesor de economía de la Universidad de Harvard), en “Coronary capitalism”, aparecido en Project-syndicate. A world of ideas, da una explicación.  La mayoría de esos tipos de alimentos se producen con muchos aditivos químicos que, además se sabe, provocan aumento de peso. De modo que no sólo a la agricultura (subsidiada casi en todas partes) se le pide produzca más y con ello gane más, también la industria química, la cual, por cierto, cada vez adiciona más químicos para generar una mayor adicción. Por la suma de los químicos a los productos con base en maíz se les paga a quienes procesan alimentos cada vez más adictivos. También, en el trayecto, se les paga a científicos innovadores y que éstos busquen la medida justa de la mezcla de sal, azúcar y productos químicos y puedan crear la comida instantánea de máxima adicción. También ganan los anunciantes de esos productos: empezando por los publicistas y creadores de imagen hasta, por supuesto, televisión, radio,  y medios escritos. Gana también y no menos, la industria de la salud por el tratamiento a las enfermedades que surgen y surgirán como resultado del consumo (se pueden consultar los índices globales de precios para observar cómo en las últimas tres o cuatro décadas, los precios que más han aumentado son, primero, el de los medicamentos, y después, el de los equipos médicos). Igualmente ganan, explica Rogoff, aquellos que en los mercados de valores negocian, compran y venden acciones y bonos de las compañías que están presentes en alguna parte del proceso. En resumen, hay ganancias y empleos para muchos más que los existentes en las compañías productoras de los alimentos.

 

En este marco, sólo podrían esperarse quejas de aquellos que no están inmersos en esa cadena de la fortuna. Si a todo esto se añade el sedentarismo cada vez más elevado por  la falta de espacios públicos para un sano esparcimiento (parques y canchas deportivas, además con un adecuado mantenimiento), la inseguridad para los niños de jugar en la calle (ya sea por la violencia o la cantidad de coches en circulación), o el empleo remunerado de los padres, y la ocupación en casa del tiempo libre viendo la televisión, un aparato cada día comparativamente más barato (y  la televisión de paga es más extendida ampliando la cantidad de canales), el sobrepeso no debería encerrar ningún misterio.

 

Es un escenario poco esperanzador porque además hay un fuerte impacto sobre el medio ambiente: Peter Singer (profesor de Princeton y de la Universidad de Melbourne) en “Weigh more, pay more”, aparecido en Project-syndicate. A world of ideas, señala que existe preocupación por si el planeta podrá soportar a una población humana que ha superado los 7 mil millones de personas; se tiene que pensar en la población no sólo en términos de números, sino también en términos de su masa. En este sentido, el sobrepeso de las personas es un asunto de todos. Al parecer, no existen los suficientes incentivos económicos que estimulen una menor ingesta de calorías, a pesar de que es un asunto de todos. Singer ejemplifica con el caso de los aviones. Pensemos en aerolíneas convencionales, digamos Aeroméxico. Alguien que no lleva equipaje y que hará un vuelo nacional de una hora, habrá pagado el mismo costo por el vuelo que otro cuyo equipaje rebasa con mucho el tope establecido dentro del costo del boleto. Aquí la aerolínea hace una excepción: al momento de pesar, el pasajero que lleva exceso de equipaje deberá pagar un sobreprecio. El argumento es que una carga más pesada obligará a un mayor gasto de combustible del avión para mantener la misma velocidad y cumplir con los horarios. Es razonable, pues si ese pasajero no paga el sobreprecio estaría siendo subsidiado por los demás que o no llevan equipaje o sí llevan pero dentro del límite permitido.

 

Sin embargo, no necesariamente es así: volvamos a pensar en los dos pasajeros, el que no trae equipaje (llamémoslo A) pesa digamos 110 kilos, y el que sí lleva y que debió pagar exceso de equipaje (B) pesa 60 kilos. Utilizando el mismo argumento económico, se podría decir que una cosa compensa a la otra, salvo que no ha sido parejo porque B debió desembolsar más dinero. Sería parejo cuando pagaran lo mismo y los pesos fueran similares (con el equipaje incluido) de A y B. Pongamos el caso extremo. Ahora digamos que A sigue pesando 110 kilos y trae exceso de equipaje, y B sus 60 kilos pero sólo viaja con una bolsa; A pagará un poco más, pero evidentemente está viajando más que subsidiado por B. No se trata, pues, de si quiero ser gordo muy mi gusto, pues, como ha expresado Singer, “la obesidad es un problema ético, ya que un aumento en el peso de algunos impone costos a otros”.

 

Fernando Calzada Falcón 

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