Senda económica a la felicidad I

Durante muchos años pensé que sentirse bien, ser feliz (o lo más cercano a eso), era sobre todo un asunto individual. Aunque en esencia lo sigo pensando, cada día que pasa me convenzo más de que hay un componente social, colectivo, que facilita o entorpece ser feliz. Creo que no digo nada nuevo si afirmo que la incertidumbre acerca del futuro económico es un factor que influye para generar molestia en las personas. Si uno se junta con personas insatisfechas con la vida que llevan porque no han logrado, por ejemplo, ver culminadas sus expectativas de cuando fueron jóvenes, es probable que nos vayamos contagiando de ese estado de ánimo; en cambio, convivir con quienes aún en la adversidad conservan buen ánimo nos transmite bienestar. El asunto a dilucidar es si desde el gobierno se puede hacer algo (diseñar, instrumentar y constatar de forma mensurable la efectividad de las políticas públicas aplicadas ex profeso) para evitar la depresión de los individuos y generar felicidad.

 

En una colaboración anterior me referí en términos muy generales, basándome en la opinión del (re) conocido economista estadounidense Jeffrey Sachs (hoy presidente del Instituto de la Tierra de la Universidad de Columbia), sobre la experiencia del Reino de Bután, en donde el gobierno modificó la manera de cuantificar el progreso: no se mediría el crecimiento del Producto Nacional (o Interno) Bruto (PNB), sino que el indicador fundamental sería el comportamiento de lo que definió como Felicidad Nacional Bruta. Remataba mi colaboración señalando que ojalá y en el futuro Sachs nos regalara muchas más reflexiones en torno al tema. La noticia es que así lo ha hecho. Recientemente se ha publicado ya en español su libro El precio de la civilización (que no he encontrado en las librerías de México pero que en internet logré leer tres capítulos).

 

Sachs abunda en la experiencia de Bután y refiere que fue creada la Comisión para la Felicidad Nacional Bruta con objeto de supervisar las medidas que cuantificarían y darían seguimiento a los cambios en dicha felicidad. Así que se definieron nueve ámbitos: 1) bienestar psicológico; 2) uso del tiempo; 3) vitalidad de la comunidad; 4) cultura; 5) sanidad; 6) educación; 7) diversidad medioambiental; 8) estándares de vida, y 9) gobernabilidad. Cada uno de éstos se mide con una serie de indicadores específicos. “Lo destacable es la combinación de medidas económicas relativamente normalizadas, como los ingresos de las familias y la educación, con medidas de integridad cultural (por ejemplo, el uso de dialectos, el compromiso con los deportes tradicionales y los festivales comunitarios), ecología (por ejemplo, la cobertura forestal), situación sanitaria (por ejemplo, el índice de masa corporal, el número de días que se está sano al mes), bienestar de la comunidad (por ejemplo, la confianza social, la densidad de parentesco), localización temporal y salud mental en general (por ejemplo, indicadores de trastornos psicológicos)”.

 

Así como no se puede afirmar que estemos bien porque la economía funciona con las principales variables en estabilidad (inflación, tipo de cambio, balanza de pagos y reservas internacionales, déficit público, tasa de interés), mientras tengamos un crecimiento mediocre, con tasas que no alcanzan a generar los empleos suficientes en el sector formal, así tampoco podríamos afirmar que con un buen desempeño económico (crecimiento competitivo y estable a tasas más elevadas, incremento del empleo y del ingreso promedio, etcétera), nuestro panorama mejoraría en los demás órdenes: habría que ver también cómo están la salud, la educación, la desigualdad social, la pobreza, más todo aquello que le queramos añadir. Pero, aunque todo eso mejorara significativamente, eso tampoco garantiza que individual y colectivamente nos vayamos a sentir mejor, satisfechos, felices. Todo eso nos daría una amplísima base, sin duda. Se necesitan cubrir otros requerimientos.

 

Por eso, expone Sachs sobre Estados Unidos, “es fácil perder de vista el objetivo último de la política económica: que la gente esté satisfecha de la vida. Este último objetivo debería ser incuestionable en un país fundado para defender el inalienable derecho a perseguir la felicidad. Pero no sólo estamos perdiendo oportunidades de fomentar la felicidad a través de nuestros compromisos colectivos, sino que incluso estamos perdiendo la oportunidad de medir la felicidad de modo que podamos evaluar qué estamos haciendo como nación. Nuestra obsesión por el crecimiento del PNB distrae nuestra atención de indicadores más importantes”. Y recuerda un discurso de Robert F. Kennedy Jr. que por el alto significado que tiene y lo emotivo lo cito completo:

 

“Nuestro Producto Nacional Bruto es ahora aproximadamente de 800.000 millones de dólares al año, pero ese Producto Nacional Bruto, si juzgamos a Estados Unidos por él, computa la contaminación atmosférica, y los anuncios de cigarrillos, y las ambulancias para limpiar nuestras autopistas de muertos. Computa las cerraduras de seguridad para nuestras puertas y las cárceles para las personas que las forzaron. Computa la destrucción de las secoyas y la pérdida de nuestras maravillas naturales en terribles borrascas. Computa Napalm, las cabezas nucleares, y los coches blindados de la policía para combatir los disturbios en nuestras ciudades. Computa los rifles Whitman y los cuchillos Speck y los programas de televisión que ensalzan la violencia para vender juguetes para los niños. Sin embargo, el Producto Nacional Bruto no tiene en cuenta la salud de nuestros hijos, la calidad de su educación, o el goce en su juego; no incluye la belleza de nuestra poesía o la solidez de nuestros matrimonios, lo documentados que están nuestros debates públicos por la integridad de nuestros funcionarios. Ni mide nuestro ingenio ni nuestro coraje, ni nuestra sabiduría ni nuestros conocimientos,  ni nuestra compasión ni nuestra devoción a nuestro país; en resumen, mide todo menos lo que hace que la vida merezca la pena. Y puede decirnos todo sobre Estados Unidos, excepto por qué estamos orgullosos de ser americanos”.

 

Por fortuna, cada día gana terreno la postura de los economistas que pugnan, sí, porque haya estabilidad, pero también crecimiento, y que incluso se atreven a ir un poco más allá, en otras palabras, que han recordado (o quizá haya algunos que no lo han olvidado) que el fin último es lograr que la vida, como dijo Kennedy, merezca la pena. Tenemos que hacer mucho más. Volveremos sobre el tema.

 

Fernando Calzada Falcón 

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