Él fue Plutarco Elías Calles, Fernando Calzada Falcón

 

Leí en El Universal  el chat con Alfredo Elías Calles sobre su obra en torno a su abuelo, Yo fui Plutarco Elías Calles. La versión jamás contada. La lectura de ese chat resultó amena e interesante. En particular, una aseveración del autor llamó mi atención, pues según la leyenda popular,  aquellos generales revolucionarios, y más tratándose del Jefe Máximo de la Revolución, a su muerte habrían acumulado una considerable fortuna. Pero topé con algo distinto. Alfredo responde a alguien: “a su muerte en 1945, la totalidad de sus bienes, incluyendo su casa de Cuernavaca y la del Distrito Federal, fue alrededor de  2 millones de pesos. Entre 12 hijos, lo único que recuerdo es que a mi padre le tocaron como 80 mil, esa fue su herencia. Si eso te parece una gran fortuna, lamento informarte que…la fortuna de la que hablas no existió nunca. A veces pienso que mejor hubiera sido al contrario…porque la verdad, de cualquier forma, no te lo creen”.

 

 

Esto despertó la curiosidad. Conseguí el libro y lo leí en dos días. Se trata de una novela histórica, “impecablemente sustentada documentalmente”, en palabras del autor, quien es administrador de empresas, se ha dedicado a la mercadotecnia, promotor de grupos de rock, ha escrito además cuentos y novelas. El libro es una narración del general en propia voz desde el más allá que cuenta una historia distinta de la que muchos conocimos en la escuela y abarca desde su nacimiento y orfandad a los tres años de edad hasta su muerte. La historia del personaje y la del país corren en paralelo, sobre todo porque durante un periodo importante sus decisiones tuvieron una enorme trascendencia en la vida del país. “Habla del hombre, sus pasiones, sus amores y su pena”.

 

¿Es controvertido el personaje? Sí, bastante. El problema es que sectores importantes del país fueron afectados por sus decisiones. Uno de ellos, la derecha y no pocos segmentos pudientes de la sociedad; otro, toda el ala cardenista, y otro más, particularmente incisivo, el clero. Todos han contado la historia desde su perspectiva, pero la de Calles, la desconocíamos. Tan es así que antes de escribir esta colaboración me asomé a ver qué decía Wikipedia. En ésta se hacen afirmaciones como la siguiente: “Calles tenía la idea de disponer de Cárdenas tal y como lo había hecho en el pasado (se refiere a los mandatos de Emilio Portes Gil, Abelardo Rodríguez y Pascual Ortiz Rubio), pero lo que empezó a suceder fue que Calles empezó a perder poder y autoridad”. Es decir, Calles aparece siempre como el villano de la película. El ensalzamiento que en México hacemos de los héroes y/o próceres nos impide darnos cuenta de que en ningún momento de sus vidas dejan de ser humanos, que no sólo eran una suma de cualidades, sonrisas y ademanes amables. Acostumbramos no reparar en las circunstancias ni el contexto en que un gobernante en el pasado tomó determinada decisión.

 

Así, por ejemplo, en la novela se incluyen telegramas y cartas del general Lázaro Cárdenas en los que se despedía con “su atento subordinado” o “su respetuoso subordinado” de 1922. O en 1928 en ocasión de haber sido promovido en el ejército: “el haber llegado al grado más alto en nuestro ejército, lo debo a usted que siempre me ha distinguido y ayudado, y espero que guarde usted la seguridad de que seré siempre de usted el amigo leal que seguirá guiándose en las ideas revolucionaras y ejemplo de honradez que usted nos ha señalado”.  O ese mismo 1928, después de haber sido asesinado Obregón, Cárdenas le decía: “…tened presente que el mismo grupo que mató a Álvaro Obregón, pudiera tener iguales intereses en vuestra muerte, pensad en los graves trastornos que esto traería, usted es el único que tiene ascendiente en toda la República. En bien de la patria y los intereses de la Revolución, cuidad vuestra persona para evitar un nuevo desastre. Quedo de usted como siempre, su respetuoso subordinado y amigo”. El hecho es que cuando Cárdenas es presidente, en la novela se señala que Calles está retirado y es llamado por el primero para que le brindara ayuda y es puesto a negociar con los trabajadores para amainar las huelgas y al término hace unas declaraciones a las que el presidente Cárdenas les da un interpretación particular que conduce a que lo expulse del país. Dice Alfredo que la sombra de su abuelo era demasiado grande, que “Cárdenas era el presidente y Calles el jefe”. Calles quiso hablar pero ningún medio le hizo eco, al contrario, la prensa que antes lo aduló, se cerró y luego lo ridiculizó.

 

En cuanto al conflicto con el clero, la novela va muchos años atrás y recuerda lo que Hernán Cortés le escribía al emperador sobre la necesidad de “enviar personas idóneas para la conversión de los idólatras”. Le suplicaba a su “Cesárea Magestad” proveyera “de personas religiosas de buena vida y ejemplo. Y porque hasta agora han venido muy pocos ó cuasi ningunos”. O lo que señalaba el Virrey Mendoza: “los clérigos que vienen a estas partes son ruines, y todos se fundan sobre el interés y si no fuese por lo que Su Majestad tiene mandado y por el baptizar, por lo demás, estarían mejor los indios sin ellos…” O el barón Von Humboldt que calculaba que los bienes de la iglesia eran el 60% de los bienes territoriales. Calles relata que Obregón incorporó a 180 clérigos al ejército, y al hacérseles los exámenes de salud, una tercera parte de ellos tenía enfermedades venéreas: “vaya efectividad del celibato que la iglesia ha impuesto a sus adeptos”.

 

Las cosas, como se sabe, cambiaron con las Leyes de Reforma, y una vez iniciado el porfiriato, el gobierno se hacía de la vista gorda con las actividades de la iglesia. Vino el Constituyente de Querétaro en 1917 que continuó prohibiéndole a la iglesia ciertas actividades. Pero ésta no se conformaba con tratar asuntos de la fe y el espíritu y quería ir más allá en un abierto desafío al Estado y las leyes. Dice el general Calles que la iglesia mandó cerrar los templos y difundió la especie de que era por órdenes del gobierno haciendo que el pueblo creyente pensara y se organizara para luchar en contra de lo que consideró una ofensa a sus creencias. Se trataba, en suma, de un chantaje. Fue así como comenzó una sangrienta guerra en la que perdieron la vida decenas de miles y que llegó a su fin en tiempos de Portes Gil (desde un año atrás había el proyecto de acuerdo pero el asesinato de Obregón lo retrasó). Hasta el último momento, el papa Pío XI insistió en la devolución de edificios que, decía, eran de la iglesia. “El gobierno refrendó: en cuestiones de fe el papa manda; en la ley, sólo el gobierno. No se devolvió nada”.

 

Calles fue creador e impulsor de instituciones, como el Banco de México (con los esfuerzos de Gómez Morín y el secretario de Hacienda Pani). Tuvo claridad en qué política económica seguir  (moneda nacional estable, presupuesto equilibrado, hacienda pública sana, creación de infraestructura, etcétera). Ha sido juzgado sólo desde una óptica contraria. Cuando todos le insistían en que se religiera, Calles comprendió al término de su mandato, semanas después de muerto Obregón, que la época de los caudillos había finalizado y que debía iniciar la de las instituciones: concibió el mecanismo, el Partido Nacional Revolucionario hoy PRI, en el que cabrían todos. Pudiendo hacer lo contrario, le abrió paso a otra manera de hacer política. Recomiendo esta lectura de Alfredo Elías Calles, le moverá a la reflexión sobre la gravedad de las decisiones del gobernante y a ratos le divertirá.

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