Economía y elecciones

 Si la economía está estancada, o en franca recesión, con un ingreso por habitante que no aumenta de forma mucho más acelerada que la población, con desempleo y mayor pobreza, es de esperarse que el partido en el gobierno pierda las elecciones. Eso se cree. Por esta idea tan generalizada en casi todo el mundo occidental es común que la oposición en los congresos respectivos le ponga obstáculos al Ejecutivo en turno: se considera que así el electorado castigará en las urnas al partido en el poder. Eso se cree, repito, en México y en Estados Unidos y en distintos países de la Unión Europea. El mismo razonamiento se aplica en sentido contrario: cuando la economía está en expansión y crece aceleradamente, al partido en el gobierno todo le hace pensar, desde su lógica, que los electores lo perciben y que como han sido beneficiarios de ese comportamiento, la economía hará que le vuelvan a otorgar la confianza y pueda seguir en el poder.

 

Bueno, eso es lo que se dice facilonamente. Sin embargo, tengo serias dudas acerca de la veracidad del axioma economía mala igual a derrota electoral del gobierno, economía buena igual a triunfo en las urnas del mismo partido. ¿Por qué razón? Entre otras cosas porque con la información disponible es imposible llegar tajantemente a esa conclusión.

 

Veamos. En Europa, en seis países los gobiernos han sido castigados electoralmente sin importar si el partido era de derecha o de izquierda: Reino Unido, Holanda, Irlanda, Portugal, Dinamarca y, recientemente, España. En el primer país, los laboristas en 2010 alcanzaron los peores resultados en casi tres décadas. El Partido Demócrata Cristiano en Holanda, durante el mismo 2010, no tenía tan malos resultados desde hacía 23 años. En Irlanda el partido se fue del primero al tercer lugar. El Partido Socialista Portugués después de gobernar más de diez años quedó diez puntos porcentuales debajo del Partido Socialdemócrata. En septiembre de 2011 fue derrotado en Dinamarca el centro-derecha. En España, el Partido Popular (PP) derrotó al Partido Socialista Obrero Español (PSOE) en 10 de las 13 comunidades. Para rematar, la crisis les costó a Silvio Berlusconi y a Yorgos Papandreu la salida del gobierno en Italia y Grecia, respectivamente.

 

Lo anterior parecería apoyar la idea generalizada. Convendría ahora reparar en lo acontecido años atrás en cuatro países: España, Estados Unidos, Chile y México. Felipe González fue presidente del gobierno español durante trece años y medio, uno de los mandatos más extendidos en la era moderna, de 1982 a 1996. Ganó las elecciones de 1982, 1986, 1989, 1993 y perdió por la mínima diferencia en 1996. Económicamente ha sido uno de los gobiernos más exitosos que, no obstante, encaró altas tasas de desempleo debido, en buena medida, a la incorporación masiva de la mujer al mercado de trabajo, pero con una tasa de crecimiento económico envidiable. Hubo reconversión industrial y amplias reformas en el plano social con beneficios para la mayoría de la población. Y con todo, llegó el día en que perdió las elecciones. No bastó que España registrara en ese tiempo el mayor crecimiento económico que tuvo en el siglo XX.

En Estados Unidos, Bill Clinton, del Partido Demócrata, gobernó durante dos periodos: de 1993 a 1997 y de 1997 a 2001. Dejó un superávit de 559 mil millones de dólares, nada que ver con el gigantesco déficit de su sucesor George W. Bush, déficit aún acrecentado en tiempos de Obama. Dejó el gobierno con una aprobación de 66%, la calificación más alta para un gobernante estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial. La tasa de crecimiento económico de este país, por ejemplo, de 1993 a 1998, superó a la del resto de países desarrollados, al igual que en el periodo 1998 a 2003. Y sin embargo, el candidato demócrata Al Gore perdió la elección: el republicano George W. Bush ganó muy apretadamente con los “sospechosistas” 25 votos electorales del estado de Florida (de cualquier manera, Gore obtuvo más votos al superar a su contrincante por una diferencia de 543 mil 816 sufragios). No bastó el crecimiento esplendoroso de la economía.

 

En Chile se repite el mismo fenómeno. Michelle Bachelet, médica de profesión, fue presidenta de la república de 2006 a 2010. Antes, en los tiempos del presidente Ricardo Lagos, se había desempeñado como ministra de Salud y posteriormente, en un hecho bastante inusual, ministra de la Defensa Nacional (puesto donde ganó su mayor popularidad). Fue candidata por la alianza de centro-izquierda Concertación de Partidos por la Democracia (integrada, entre otros, por los partidos por la Democracia, Socialista y Radical Social Demócrata), obteniendo en la primera vuelta el 45.95% de los votos frente al 25.41% de su más cercano competidor. En su periodo el Producto Interno Bruto (PIB) o ingreso por habitante aumentó en 15%; si el periodo se toma desde 1987 a 2009 la pobreza pasó de 45.1% de la población a 15.1%. En pocas palabras, un gobierno exitoso a pesar de haberse topado en el camino con la recesión mundial de 2008 y 2009. Bachelet terminó su mandato con un formidable 84.1% de aprobación, algo que ningún jefe de estado había alcanzado. Y sin embargo, no bastaron ni dicha gestión ni los veinte años de gobierno con amplios beneficios para la mayoría de la gente para que el centro-izquierda repitiera el triunfo en las urnas.

 

En México, después del llamado error de diciembre de 1994 que precipitó una caída pronunciada de la economía en 1995, Ernesto Zedillo terminó su gobierno en  2000, año en el que la economía creció 6%, una tasa que, como he dicho en otras ocasiones, doce años de gobiernos panistas, por la política económica instrumentada, por la crisis mundial o por cualquier otra razón, no habrán tenido. A pesar de la alta tasa de crecimiento en ese año, el Partido Revolucionario Institucional, en el gobierno en ese entonces, perdió las elecciones y con ellas la presidencia de la república. Aquí tampoco bastaron ni el crecimiento ni el desempeño estable de la economía ni las bajas cifras de inflación para que el PRI se mantuviera en el gobierno.

 

¿Qué concluir? Uno, la economía no es suficiente (y quizá tampoco lo más importante) para explicar triunfos o derrotas electorales. El siguiente pasaje de Lluís Bassets en El País es ilustrativo: “la gestión de la crisis desgasta en todo caso a los partidos cuyo programa e ideología están en contradicción con los remedios que la crisis exige”. Está cerca de perder aquel partido con postulados que se contradicen con las acciones que emprende cuando es gobierno. Dos, importan también el peso del candidato, la unidad del partido y la calidad de la campaña. Entenderlo no debería ser difícil. Lo peor que puede hacer el PRI, hoy a la cabeza en las preferencias, es confiar en que por lo mal que ha estado la economía, el triunfo lo tiene a la vuelta de la esquina. (La información sobre González, Clinton y Bachelet la obtuve de Wikipedia).

Fernando Calzada Falcón 

 

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