¿Sí somos racionales? (II)

Nos diferenciamos de los animales, dicen, porque a nuestros actos los guía la razón, o sea somos seres racionales. La llamada ciencia económica asume esta condición como punto de partida, con lo cual construye teorías que, a su vez, marcan la pauta para determinadas políticas económicas y sociales con repercusiones para todos. En otras palabras, la economía considera que todos responderemos de cierta manera frente a determinado estímulo, por ejemplo y en términos generales, dejaremos de demandar en las mismas cantidades que antes un producto cuyo precio aumente. La razón guía nuestros pasos. Si somos humanos, hay un elemento adicional que juega y es la pasión (nuestras emociones y deseos, nuestros apetitos y aversiones). Esa mezcla de razón y pasión existe en todos: cuando alguien se comporta casi siempre racionalmente, espera que los demás también lo hagan; el esquema se rompe cuando alguno de los involucrados obedece a la pasión.

 

La racionalidad como principio es fundamental en la explicación económica, pero la racionalidad del individuo muy a menudo no es la colectiva. Se sabe de los fundamentos de Adam Smith: si cada quien actúa conforme a su propio interés (o cada quien busca maximizar sus beneficios), la colectividad o el país enteros se beneficiarán, actuamos como si nos guiara una “mano invisible” que logrará lo mejor para todos, y no habrá nadie que se dedique a aquello para lo cual no sea mejor que los demás. Todo eso está en los cimientos de la teoría económica. Sin embargo, en el siglo XX se pudo mostrar que si cada quien actúa según sus propios intereses el beneficio no necesariamente será el mayor para la colectividad.

 

Jorge Streb en El significado de racionalidad en economía, ilustra también lo que puede ser la irracionalidad colectiva: “el ejemplo extremo de irracionalidad colectiva es la guerra, un juego de suma negativa. Esta idea tiene una larga historia, ya que Jenofonte señalaba en La riqueza de Atenas que los estados griegos prosperaban más en momentos de paz que cuando guerreaban entre sí para tratar de medrar a costa de sus vecinos. La carrera armamentista entre estados nacionales se puede ver como un dilema del prisionero: si los países se arman, quitan recursos para actividades productivas; si no se arman, quedan a merced del ataque y destrucción del vecino. Puede hacer falta un cambio institucional para resolver este problema, pero para que se pueda actuar racionalmente hace falta un mínimo de confianza recíproca”. O sea, los miembros de una colectividad podemos salir con beneficios si cada uno de nosotros aplaca algo su interés particular, pero para que cada quien lo haga hace falta un arreglo institucional, y para que exista este arreglo, se requiere confianza recíproca. El florecimiento de la confianza es, entonces, un requisito previo.

 

Ahora bien, la racionalidad individual supone que cada quien sabe evaluar su interés propio. Y para comprender lo que es la racionalidad en la economía, de acuerdo con Streb, ésta se puede descomponer en dos aspectos: la inteligencia analítica y la inteligencia emocional: “la idea de inteligencia emocional es parte de la idea de racionalidad en economía: una persona racional sabe qué prefiere, cuáles son sus gustos, esto es lo que le permite tomar una decisión. Digo que es parte, porque la racionalidad supone además que el individuo puede analizar una situación y resolverla. Así, el individuo racional es un individuo inteligente y emocionalmente maduro. Se puede pensar en muchos contraejemplos a la racionalidad individual, empezando por nuestra propia conducta… Las exploraciones de las limitaciones de racionalidad todavía no están plenamente integradas en la teoría económica. Los problemas de racionalidad se han empezado a analizar con el enfoque de economía experimental, que trata de ver cómo individuos reales toman decisiones bajo diferentes condiciones de laboratorio, y en qué medida se violan los postulados de racionalidad”.

 

En la versión electrónica del diario español El País, Pepe Estupinyá tiene un blog (Apuntes científicos desde el MIT. Reflexiones, curiosidades y enseñanzas científicas del MIT y Harvard). En una ocasión lo dedicó a “¿Por qué nos gusta más el libro que la película?” Allí relata que platicaba con una amiga que le dijo “la semana pasada fui a ver el musical ‘Chicago’ con mi madre, pero me gustó más la película”.  Y él le respondió “eso es porque la viste primero. Si hubieras ido antes al teatro que al cine ahora me estarías diciendo que el musical te gustó más”. Ella insistió que no, que el guión de la película era muy bueno, que si los personajes, que si la coreografía, etcétera. Y esto le parecía a Pepe un magnífico ejemplo de que “somos menos racionales de lo que nos pensamos”.

 

La hipótesis de Pepe es la siguiente: “cuando justificamos que un determinado libro nos gustó más que la película, siempre recurrimos a explicaciones racionales y valoraciones bien meditadas. Y nos olvidamos de un factor importantísimo que los psicólogos y economistas conductuales no se cansan de repetir: algo nos gusta por la emoción que nos genera. Y a este respecto, la primera impresión es fundamental. Yo argumento que si una historia es muy buena, el impacto que nos genera la primera vez que tenemos acceso a ella hace que nos guste más en ese formato, y que al comparar con un segundo éste salga perdiendo”. Esta pudiera ser también la razón de que de distintas versiones de una misma canción tienda a gustarnos más aquella que escuchamos por primera vez, y no tanto, porque en efecto sea mejor.

 

Y sigue Pepe Estupinyá: “quizá el mensaje más poderoso de los psicólogos investigando experimentalmente en behavioral economics (economía conductual) es que no sólo el cerebro nos engaña (con primeras impresiones y muchas otras trampas ante percepciones, juicios rápidos irreflexivos, o situaciones en que no estamos avezados). Sino que los grandes gurús de la bolsa también se dejan llevar por pánicos de los mercados, o muchos profesionales por decisiones irracionales de diferente origen. Y también justifican a posteriori por qué actuaron de esa manera. Hay engaños de percepción sistemáticos y específicos tanto para neófitos como para expertos…Hay sesgos cognitivos que podrían aplicarse en este razonamiento. Uno…se refiere a la tendencia que tenemos a valorar más algo que hemos hecho propio frente a algo que todavía no es nuestro. En este caso, cuando accedes primero a una historia y la explicas, la estás interiorizando y convirtiendo la experiencia en algo propio. El valor subjetivo que a posteriori le darás siempre será más alto que ante algo de características similares pero externo”.

 

La economía puede ayudarnos a explicar mucho de lo que pasa a nuestro alrededor, pero me temo que siempre será, ella misma por sí misma, incapaz de explicarlo todo. 

 

Fernando Calzada Falcón

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