Remembranzas del último año

Felipe Calderón ha iniciado su último año de gobierno. Algo tiene el último año de los sexenios más recientes, ya sea por el lado económico o político, que suelen significarse con uno o varios hechos relevantes. El de Luis Echeverría Álvarez, 1976, resultó traumático para una sociedad desconocedora de la devaluación: después de 24 años de una paridad cambiaria de 12.5 dólares por peso, éste se desplomó. Llevaba un año estudiando economía en la Universidad Nacional Autónoma de México y me acuerdo que entrevistadores de la prensa escrita, radio y televisión llegaban a preguntar a quienes estábamos inscritos qué opinábamos de esa decisión; estudiantes de los primeros semestres que éramos simplemente no podíamos contestar, era algo que se estudiaba en los últimos. El tiempo y la repetición del fenómeno hicieron que cualquiera, sin haber pasado por aulas universitarias, supiera de qué se trataba y cómo lo afectaría en su vida cotidiana.

El último año de José López Portillo, después de que en su primero hacía abrigar tantas esperanzas con, por un lado, la gran reforma política de 1977 (curiosamente, y en medio de un fuerte presidencialismo, no se vio como una iniciativa del mandatario, entonces y ahora, sino como la de su secretario de Gobernación, Jesús Reyes Heroles), y por otro lado, con las primeras insinuaciones del auge petrolero que traerían una entrada masiva de divisas y con ella la promesa de la abundancia, resultó terrible. En 1982 no tuvo con qué pagar los compromisos con los acreedores. El secretario de Hacienda, Jesús Silva Herzog Flores, cuyo nombramiento había sido acordado con el candidato presidencial del PRI, salió a explicar a la prensa otra devaluación y a pedir que hubiera tranquilidad porque sólo era “un problema de caja” (dando a entender que ya en un futuro cercano habría dólares suficientes, que sólo era una pasajera falta de liquidez). Quizá ni él ni el presidente imaginaron que, en realidad, era el principio de una gran crisis económica que daría pie a una larga transición a la que muchos todavía no le ven fin. Al peso se le dejó flotar, pero al paso de las semanas y los meses, se hundía más y más. Cuando ya se habían agotado las reservas internacionales del Banco de México se decidió ir a fondo: el primer día de septiembre de ese año, durante su último informe de gobierno, anunció la nacionalización de los bancos (y en general de buena parte del sector financiero no bancario, como aseguradoras, afianzadoras, casas de bolsa, etcétera, pertenecientes a ellos) y el control de cambios (cualquiera ya no podría comprar dólares). Por supuesto que ambas decisiones no fueron del agrado del para entonces ya presidente electo que así vio roto el esquema con el que pensaba trabajar en lo económico. 1982 fue también el primer año, después de décadas, que México registró una tasa negativa de crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB): -0.2%, si no mal recuerdo.

Cuando tomó posesión Miguel de la Madrid anunció su Programa de Reordenación Económica y Cambio Estructural: buscaba atender los problemas inmediatos pero también propiciar una reforma profunda de la economía. Por eso fue que en 1983 el derrumbe del PIB alcanzó un tenebroso -5% (aproximadamente) y la inflación empezó a ser un asunto grave. En 1984, el PIB se recuperó al crecer 3.4%, pero tan sólo para volver a caer en 1985 en cerca del 4%. Para 1987 se vivió la peor inflación de al menos las seis décadas precedentes: 159.6%, cifra que para lo que antes se había vivido tenía características de hiperinflación (lo mismo que la tasa de interés que llegó a 180%). Ello motivó que se pusiera en marcha el Pacto de Solidaridad Económica, un instrumento valioso de concertación entre los agentes económicos para que todos, al renunciar a algo, contribuyeran a solucionar un problema común, nacional. De esa forma, de la Madrid tendría en 1988 una economía creciendo a tasas moderadas y con una inflación a la tercera parte de la del año anterior (51.66%). El gran problema del último año fue político: el desprendimiento que se dio del PRI hizo candidato a Cuauhtémoc Cárdenas que le disputaría la presidencia a Carlos Salinas de Gortari. Las elecciones las organizaba el gobierno; el secretario de Gobernación explicó “la caída del sistema”, y aunque no se probó que el candidato de oposición hubiese obtenido más votos, el resultado fue descalificado por un segmento de la sociedad.

Carlos Salinas en su primer discurso después de los comicios, en el auditorio del PRI, anunció el fin de la época del “partido casi único”. En lo inmediato, realizó acciones que lo legitimaran (la detención del líder petrolero y de un poderoso empresario financiero). En lo económico, tal y como ya lo había hecho cuando candidato, postuló que el objetivo ya no sería pagar la deuda sino crecer y emprendió la renegociación de la deuda externa. Las elecciones las dejó de organizar el gobierno y éste acometió una serie de reformas, por ejemplo, la privatización de la banca (en el sexenio anterior ya se había desprendido del 34%), la liberalización comercial (que alcanzó su máxima expresión en la suscripción del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá en 1992), la privatización de diversas empresas públicas (por ejemplo, Teléfonos de México), todo con un discurso y afán modernizadores. Pero el 1 de enero de 1994, el último año, se alzó el EZLN: aún recuerdo la primera plana de un diario (“Pobre México con sueños de primer mundo y pesadillas de tercero”). A eso siguió el asesinato del candidato del PRI, Luis Donaldo Colosio, y luego el de José Francisco Ruíz Masieu. El Banco de México hizo una investigación donde daba cuenta de la fuerte salida de capitales que le siguió a cada uno de estos hechos. Ya habiendo salido, el otro gobierno, en opinión de Salinas, cometió el “error de diciembre”, con el cual la economía se desplomó estrepitosamente.

Zedillo en su último año pudo entregar dos cosas: la primera, una economía con un sólido crecimiento, superior al 6.5%, una tasa que no habrá podido igualar ninguno de los dos gobiernos panistas; y la segunda, la presidencia de la República a alguien de otro partido, en este caso del PAN. Nadie de la hasta entonces oposición puede acusar que la transición a un régimen distinto se llevó a cabo de manera no pacífica.

A Vicente Fox en su último año hay que reconocerle dos cuestiones. Una es haber entregado una economía estable, con las principales variables relativamente ordenadas, después de haber contado en esos años con generosos ingresos petroleros. Otra es su intromisión en los asuntos electorales, algo que fue señalado por las autoridades en la materia. Pudo entregar la banda presidencial, en los términos que ordena la ley, gracias a la institucionalidad del PRI.

Por tanto, al presidente Calderón en su último año se le puede preguntar: ¿actuará con la institucionalidad que el PRI mostró, primero, al ceder la presidencia, y segundo, al permitirle tomar posesión y ser reconocido como primer mandatario?

Fernando Calzada Falcón 

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