Apantállame, Fernando Calzada Falcón

En una oficina leí una frase que estaba enmarcada, colgada de la pared, y que decía (espero recordar bien): “la gente inteligente habla de ideas, la gente mediocre de acontecimientos y la gente tonta habla de gente”. Creo que aquí se encuentra el núcleo de la comunicación humana actual: ya casi todos platican de los demás; muchos menos de acontecimientos y muy escasos los que se refieren a ideas. No es una cuestión aislada, es el denominador común. ¿Cómo hemos llegado hasta acá? En colaboraciones anteriores hemos tratado de resaltar el gran peso que ha llegado a adquirir el mundo de imágenes, derivado a su vez, del avance de la tecnología de la información. De la computadora personal a las portátiles, de éstas a la telefonía móvil y su amplia gama que va de la definición horizontal a la vertical y, encima de todas esas opciones, la televisión como un dios, mediante pantallas planas de todo tamaño, las gigantes con imágenes cada día más nítidas que se complementan con un sonido cada vez más espectacular (incluso de poco más de un año a la fecha aparecieron las pantallas en tercera dimensión o 3D). Todo eso está muy bien, nos divierte y, sobre todo, nos hace pasar el tiempo, o sea, el tiempo pasa ante y sobre nosotros que únicamente somos espectadores pero que al mismo tiempo dejamos de ser protagonistas de nuestra vida.

Hay dos planos a diferenciar: uno es el progreso tecnológico que abre opciones que parecen infinitas, y otro, el uso que el ser humano común le da a los frutos de ese progreso cuando ha podido acceder a, y familiarizarse con él. Por ejemplo, es imposible no asombrarse con lo siguiente: transistores de nanohilos (la nanotecnología trata del control y manipulación de la materia a una escala menor que un micrómetro), chips 3D (un chip es un circuito integrado de pocos milímetros de material semiconductor), o tests diagnósticos de silicio, que con una gota de sangre 50 veces más pequeña que una lágrima detectará enfermedades de forma rápida y precisa, son sólo pequeñas muestras de las innovaciones más recientes del centro de investigación de IBM cerca de Zurich, Suiza (“Donde se cocina el futuro”, en El País). La última novedad es la memoria PCM que, dicen, es cien veces más rápida que la Flash y que será tan asequible que se usará tanto en celulares como en computadoras.

Algunos datos que nos ayudan a darnos cuenta de dónde estamos parados y hacia dónde se mueve el mundo en lo que se refiere a la tecnología: la información almacenada se duplica cada par de años; hoy se mide en gigabytes pero en cuatro años se hará en zettabytes, o los aparatos en red que en apenas ocho años más llegarán a 50 mil millones. Estos avances se han trasladado a otros campos. De acuerdo con la nota de El País, de ese centro saldrán “sistemas de generación de energía térmica y fotovoltaica que a la vez desalará el agua marina”. Suena a película de ciencia ficción, pero esto se encuentra a la vuelta de la esquina.

Desde luego, es una estupidez atentar contra la tecnología porque, como ha ocurrido a lo largo de la historia, posibilita mejorar la calidad de vida del hombre. Sería algo tan errado como la oposición de algunos en el siglo XVIII a la revolución industrial. El asunto es la actitud que asumimos frente a dicho avance, el para qué lo utilicemos, si sabemos lo que son. Hace unas semanas El País publicó un reportaje-entrevista con Paul Horn: dirigió durante once años IBM Research y en el terreno de la computación ha hecho algunos de los descubrimientos más revolucionarios, como el primer procesador de cobre, el silicio rígido, que permitió fabricar chips un 35% más rápidos; fue también el creador de Deep Blue, el superordenador que le ganó en 1997 al campeón mundial de ajedrez, Gary Kasparov, quien esperaba que el ingenio o la creatividad humanas derrotaran a la computadora. Para algunos, esa hazaña de Deep Blue “no tenía que habernos sorprendido” pues “los humanos lo programaron para que encontrara el mejor movimiento con más facilidad que el mejor jugador humano”, como un coche de carreras que se desplaza más rápido que el hombre o una grúa que levanta más peso, pero hasta hoy sólo lo pueden hacer guiados por las personas (Lou Marinoff, Pregúntale a Platón). Parece olvidarse que la computadora, como cualquier otra máquina, no nace ni se reproduce como sí lo hacen los seres vivos.

Pero volviendo a Paul Horn, éste piensa que los procesadores serán cada vez más pequeños y rápidos hasta diez años más. ¿Y luego? “Después es difícil adivinar qué pasará”. Señala que internet es el avance de mayor impacto en nuestras vidas, que en unas décadas podrá operar el internet de cosas, “podremos implantarnos microchips y conectar el cuerpo a internet. Las aplicaciones en salud y bioingeniería serán enormes. Y no importa el miedo a la privacidad. Ocurrirá… Usamos mucho el teclado y el ratón, es cultural, nos hemos acostumbrado y es difícil cambiar… Los gestos, la voz y el tacto irán ganando terreno para comunicarnos con las máquinas. Predecir tendencias tecnológicas es fácil, lo complicado es saber cómo afectarán a la sociedad”. Una vez más, estamos advertidos y mal haríamos si no nos preparamos social y mentalmente.

Como anotábamos arriba, el problema es la presencia y programación de la televisión y el para qué utiliza la gente común los avances informáticos. El hecho mismo de que al bebe lo pongan frente a la televisión para distraerlo va distorsionando todo en su cabeza. Tal y como ha señalado Giovanni Sartori en Homo Videns, “la verdad es que la televisión es la primera escuela del niño (la escuela divertida que precede a la escuela aburrida); y el niño es un animal simbólico que recibe su impronta educacional en imágenes de un mundo centrado en el hecho de ver… El niño formado en la imagen se reduce a ser un hombre que no lee”. Todo sucede a través de una pantalla. Para quienes han nacido y crecido con la televisión, si allí no se ve, asumen que no existe. Hace lustros las personas expresaban “ya lo dijo ayer (o el otro día) Jacobo” (Zabludovsky), conductor del noticiero más visto en los setenta. Un conductor de radio o la prensa escrita podían decir otra cosa, pero los televidentes decían que no podía ser cierto. ¿Y por qué? Porque habían visto a Jacobo sostener lo contrario. Es decir, la tele da poder, veracidad, credibilidad, y si apareció allí, es la realidad. En cambio, lo demás puede ponerse en duda.

Pero ubiquémonos. Indica Sartori: “es cierto que una imagen puede valer más que mil palabras. Pero también es verdad que un millón de imágenes no dan un solo concepto. Resumo en tres puntos. Primero: ver no es conocer. Segundo: el conocer puede ser ayudado por el ver. Tercero: esto no quita para que el conocer por conceptos (el conocer en sentido fuerte) se despliegue por entero más allá de lo visible”.

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