¿Recursos naturales malditos?


Es común escuchar o leer que México es un país rico habitado por gente pobre, o aún, que Tabasco es un Estado rico con gente pobre. Eso se dice y se repite. Al rato, ya se culpa al gobierno y a la corrupción. Sin embargo, este enunciado fácil no es del todo cierto ni sirve para remontar la situación actual.

 

Lo de que somos “ricos” se expresa porque tenemos muchos recursos naturales: petróleo, agua, distintos productos de la minería, una amplia variedad de suelos, gran biodiversidad, etcétera. Sin embargo, llama la atención que estas características naturales sean observables en otras naciones que pueden estar en igual o peor condición que nosotros. Quizá allá sean tan corruptos como en México, pero eso es eludir el análisis: la misma situación se observa en los diferentes continentes. ¿Y no nos hemos puesto a pensar que el hecho de contar con una vastedad de recursos no es suficiente para hacer rico a un país y sus habitantes? Este tipo de ideas tampoco cuadra con la observación de que países sin una gran dotación de recursos pueden ofrecer a su gente mejores condiciones de vida y, de hecho, en la óptica mundial no se les considera países pobres. Estas dos condiciones (que naciones de distintos continentes con muchos recursos no se desarrollen más rápido y que otras con una escasez de recursos no se consideren pobres), tendrían que hacernos pensar en que la riqueza de las naciones (empleando el término de Adam Smith) va mucho más allá de lo generosa que haya sido la naturaleza con nosotros.

 

Hace más de quince años el Banco Mundial promovió el análisis de la riqueza desde una perspectiva distinta, en la cual la riqueza natural (la de los recursos), sólo era un componente más de la riqueza de una nación. En efecto, lo que destacó hace dos siglos y cuarto la investigación de Smith es que la riqueza se relaciona con lo que hemos creado o producido a lo largo de la historia, esto es, los activos producidos, habida cuenta de la depreciación de los activos y/o de su destrucción: vendría a ser la suma de todos los Producto Interno Bruto (PIB), considerando al mismo tiempo los factores que la disminuyen. En otras palabras, la riqueza vendría siendo el catálogo de bienes y servicios producidos, la cual será mayor cuanto más se profundice la división del trabajo (que a nivel social haya una especialización de las tareas).

 

Sin embargo, hoy se advierte que no es suficiente la concepción de Smith. Lo que demuestra palpablemente la experiencia de los últimos cuarenta años es que un país es más rico cuanto mayor capital humano posee (la capacidad de la gente de saber, hacer cosas, de transformar, de producir). Países con escasez de capital humano y al mismo tiempo muchos recursos naturales, ni siquiera tendrán la capacidad para producir en plenitud y, consecuentemente, serán pobres, es decir, con un nivel de vida de la población inferior al que se registra en los llamados países desarrollados. Por eso es tan importante la educación (para generar habilidades que conduzcan a emprender); por eso es fundamental la inversión en salud, para que quienes estudian o trabajan enfermen menos días al año; por eso es básico ampliar la cobertura de agua potable y energía eléctrica, entre otros satisfactores.

¿Qué se puede concluir de lo anterior? Algo trascendente: la riqueza de un país tiene tres partes: el capital natural, el capital producido (los activos) y el capital humano. La importancia de este último es tal que entre más cuantioso sea (más conocimientos, habilidades y destrezas de la población), menos se depende del capital natural (Noruega y Canadá, por ejemplo, tienen grandes bosques y yacimientos de petróleo y, sin embargo, nunca han basado totalmente sus aspiraciones de desarrollo en esos recursos) y, sobre todo, se presiona menos el medio natural. El capital humano es la capacidad de los pobladores más que la cantidad de habitantes (de otra forma no podría explicarse que en donde  hay más población exista una menor contribución del capital humano a la riqueza). Así, la mejor inversión, la más rentable, es la destinada a la gente (algo, por cierto, muy distinto a la dádiva, el regalo y la simple asistencia).

 

Esto tiene que ver con una investigación de Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía, otro afamado economista, Jeffrey Sachs y M. Humphreys, los tres de Estados Unidos, a la que titularon “Escaping the resource curse” (que ha sido traducida como “Escapando de la maldición de los recursos naturales”). La investigación mostraba que, desde luego no en todos los casos, la mayor riqueza natural de una nación no hacía que le fuera mejor a su economía. Hay distintos mecanismos que explican cómo y por qué países que poseen abundantemente un recurso no progresan a pasos acelerados y que, a la vez, sea una prosperidad duradera. Veamos un mecanismo. Un país que posee, digamos, petróleo, si se convierte en exportador neto (vende más al exterior de lo que compra), inundará su economía de dólares (suponemos que esta divisa es la moneda de su principalísimo socio comercial); el dólar en esta economía es una mercancía más, cuyo precio estará determinado por oferta y demanda; en consecuencia, el tipo de cambio (libre) mostrará que cada vez menos moneda nacional puede adquirir una mayor cantidad de dólares, lo cual debilitará y desalentará al resto de los sectores exportadores, con lo que se destruyen fuentes de trabajo y se pasa a depender más de las fluctuaciones de la economía internacional: se desalienta así el progreso.

 

Sí, hay países con mucho de un recurso natural cuya explotación no ha conducido al desarrollo. Ejemplos en África son Nigeria, Angola o Sierra Leona. En estos países se observaron otros factores que acompañaron el proceso, por ejemplo, el aumento de la desigualdad, el descuido de la educación, la mayor corrupción, los conflictos en torno a la apropiación de la renta de los recursos y una menor estabilidad macroeconómica, a decir de Pedro Francke sobre la investigación de los autores mencionados. También encontraron que se podía salir de esta “maldición” y citan el caso de Botswana, país cuya riqueza se basa en la explotación de diamantes y cobre, y en donde su economía fue la que más rápidamente creció en los cuarenta años que van de 1960 a 2000.

 

Señala Mario Teijeiro en un comentario sobre el estudio de los estadounidenses que, “al igual que un hijo de familia adinerada educado en el facilismo o que un pobre que recibe un golpe de fama y dinero, los países que repentinamente se encuentran con riquezas fáciles pueden gozar de una bonanza transitoria, pero es probable que los deje menos preparados para el progreso sostenible”. En última instancia, todo esto nos recuerda que es necesario adquirir más conocimientos y desarrollar habilidades; ningún progreso duradero podrá provenir sólo de la explotación de los recursos, pues abundancia de dinero durante un periodo, sin factores basados en la cultura del trabajo simplemente anuncia la llegada, tarde o temprano, de una estrepitosa caída que, incluso, mermará los ánimos.

 

Fernando Calzada Falcón

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