La declinante productividad, Fernando Calzada Falcón

La productividad mide la capacidad de un factor productivo para crear bienes en una unidad de tiempo. Cuánto produce un hombre ocupado en cierto periodo nos da la medida de la productividad del trabajo. Se incrementa la productividad si el mismo número de trabajadores logra producir más. Eduardo Lora y Carmen Pagés, ambos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), en el número más reciente de Finanzas y Desarrollo, publicación del Fondo Monetario Internacional (FMI), dan a conocer un estudio que se titula “Cara a cara con la productividad” . Las ideas allí expresadas deberían motivar la reflexión. El punto de partida es observar la evolución de uno de los indicadores fundamentales para el progreso económico de una nación que es el ingreso promedio por habitante, entre mayor sea éste más desarrollada se encontrará y su población gozará de mayores niveles de bienestar socioeconómico (por supuesto, dicho indicador puede esconder una brutal desigualdad en la distribución del ingreso entre los distintos segmentos sociales, pero básicamente resulta cierto).

El hecho es que hace cincuenta años el ingreso por habitante de un típico país latinoamericano era una cuarta parte del de Estados Unidos; en cambio ahora es de una sexta parte, en otras palabras nos estamos quedando atrás. En el periodo ya se vivieron periodos de auge y recesión, así como la instrumentación de políticas de ajuste y, sin embargo, ese es el resultado actual: sí, hace falta inversión pero también algo más importante, productividad. Para que América Latina hubiera mantenido después de medio siglo su ingreso por habitante en una cuarta parte del de Estados Unidos, habría necesitado que el crecimiento de la productividad hubiera sido a las mismas tasas que este país; con ello dicho ingreso en nuestros países sería 54% mayor que el de ahora.

A diferencia de otros análisis de la productividad que se centran en la productividad en el sector industrial, Lora y Pagés tienen una visión de conjunto. Así, dividen en dos subperiodos los treinta años que van de 1975 a 1990 y de 1990 a 2005 encontrando lo siguiente. En el caso de la agricultura, la productividad en América Latina comparándola con Asia oriental (donde se localizan casi todos los países cuya economía ha crecido más), en los tres primeros lustros evolucionó positivamente pero lo hizo más despacio que aquella región de Asia; después en el segundo subperiodo lo hizo más aceleradamente. En la agricultura se ha tenido el mejor desempeño de la productividad. En cambio, en la industria disminuyó de 1975 a 1990 y en los otros quince años su crecimiento ha sido más lento que el de los asiáticos. Y el caso más dramático es el sector servicios, en el cual durante el primer subperiodo la productividad se redujo, y en el segundo, su crecimiento fue prácticamente nulo.

Encuentran que la baja productividad latinoamericana es por “fallas del mercado y malas políticas”. Una muestra de ello es el tamaño de las empresas. Dicen: “las empresas pequeñas y medianas son más numerosas que las grandes en todos los países, pero América Latina tiene una sobreabundancia de empresas extremadamente pequeñas. En Estados Unidos, por ejemplo, 54% de las empresas tienen 10 trabajadores o menos. En Argentina esa cifra es 84%, y en México y Bolivia, más del 90%”. Se observa que la baja productividad es mucho más común en las empresas más pequeñas. Ponen el ejemplo de México en donde las empresas manufactureras que representan el 10% de las menos productivas necesitan cuatro veces más recursos de capital y trabajo por unidad de producción que el 10% de empresas más productivas, y que esta diferencia entre unas y otras es mucho más grande que en Estados Unidos o China. Por eso plantean que la productividad “podría subir sustancialmente si el capital físico y humano se distribuyera de manera tal que las empresas más productivas crecieran y las menos productivas se redujeran o desaparecieran. Si se desplazaran los recursos de las empresas menos productivas a las más productivas, México podría duplicar la producción industrial, y el aumento típico para el resto de América Latina rondaría 60%”.

Para elevar la productividad suele pensarse mucho en la industria, pero se olvida que la agricultura podrá seguirse expandiendo (todo indica que así será mientras continúe creciendo la economía de otros países con menos recursos naturales, específicamente con menos dotación de tierra susceptible de cultivo), y que es en servicios donde existe una verdadera ventana de oportunidad. Aunque la agricultura se desempeñe exitosamente “no generará por sí sola el número y tipo de empleos necesarios para continuar reduciendo la pobreza y mejorando la calidad de vida… Impulsar la productividad del sector de los servicios es la manera más eficaz de lograr este objetivo. Primero, el sector de los servicios emplea el mayor número de trabajadores, y segundo, una mayor competitividad industrial requiere mejor productividad en sectores de servicios como el transporte, la distribución y las comunicaciones”.

Un factor que también atenta contra la productividad es la escasez de crédito. Ésta explica mucho de las disparidades de productividad, sobre todo en la pequeña y mediana empresa. Así, por dicha escasez, empresas que son muy productivas no pueden expandirse aceleradamente, a la vez que muchas empresas son poco productivas porque no cuentan con el financiamiento para poder hacer las inversiones e instrumentar los cambios tecnológicos. Ejemplifica esto Colombia, en donde con tan sólo un aumento del 14% del volumen de crédito recibido por las empresas pequeñas provocó que se incrementara la productividad en 50%. ¿Qué tan importante es este elemento? En este mismo país una empresa pequeña debe ser tres veces y media más productiva que una empresa grande para tener la misma oportunidad de sobrevivir a una escasez de crédito.

Igualmente conspiran las leyes y administración tributarias. Las empresas en nuestros países dedican unas 320 horas al año de trabajo para preparar sus declaraciones de impuestos, en tanto que en los países avanzados dedican poco más de la mitad de ese tiempo (177 horas). Las mejor posicionadas son las empresas colombianas pues ocupan 208, y las peores las de Brasil, Bolivia, Ecuador y Venezuela que destinan entre 600 y 2,600 horas en los trámites tributarios.

No es cierto que la gente de América Latina trabaje o invierta menos, sino que la productividad ha sido declinante. Las fallas de mercado y malas políticas mencionadas tendrían que modificarse creando un mejor entorno que premie la productividad porque ésta depende no únicamente de la innovación y el desarrollo tecnológicos. Alentar la competencia, profundizar los mercados de crédito y llevar a cabo reformas tributarias y sociales, en opinión de Eduardo Lora y Carmen Pagés, promueven la eficiencia y, por lo tanto, la productividad.

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