Crisis: del petróleo a los alimentos, por Fernando Cazada Falcón

El precio internacional del petróleo ha aumentado notablemente y se ubica por encima de los 100 dólares el barril. En el mundo el temor de lo que esto pueda traer consigo lo han expresado los mercados, particularmente los de futuros y los de las acciones. Por eso, sería necesario identificar las causas de tal comportamiento. En términos generales, se podrían establecer dos tipos de explicación. Por un lado, hay quienes consideran que es algo de carácter estructural, lo que significaría que dado el comportamiento de largo plazo ese sería, sin mayores distorsiones, más o menos dólares, el precio del crudo. En este terreno preocuparía su volatilidad en el corto plazo y la incertidumbre que provoca en las variables económicas, más aún en el contexto de una recuperación aún incipiente y lejana de ser generalizada.

Por otro lado, están quienes estiman que ese precio responde linealmente a la inestabilidad política y social en el mundo árabe, en el que casi todos los países son productores y exportadores de petróleo. Si lo sucedido en Túnez, Egipto y Libia contagia a Arabia Saudita y/o Irán, lo que no es improbable, el desorden económico y financiero puede alcanzar niveles insospechados. Si a fines del año pasado se preveía un precio promedio para todo 2011 de 90 dólares, hoy las estimaciones rondan los 105 (y contando).

Si estamos en presencia de un elevado precio petrolero por razones estructurales, la decisión multilateral tendrá que apuntar a restarle volatilidad; si es por motivos derivados de los fenómenos políticos y sociales, el análisis deberá centrarse en los alcances de éstos. Sobre este último aspecto, vale la pena reparar en una entrevista que Luisa Corradini, corresponsal del diario argentino La nación, hace al analista Jean-Daniel Bensaïd: en su opinión, lo acontecido en el mundo árabe “nadie lo esperaba…porque hay una enorme diferencia entre el malestar propio de un país y una sublevación. En muchas partes hay malestar, no en todas hay una sublevación”. Añade que “se volvió insoportable la confusión entre los gobernantes y el Estado… En el mundo árabe la gente fue humillada y manipulada. Durante años se movilizó la cólera de la gente contra Israel y contra Estados Unidos. Cada vez que se necesitaba hacer una catarsis, se organizaban gigantescas manifestaciones, sobre todo contra Estados Unidos… El odio a Estados Unidos y a Occidente impidió que las masas se ocuparan de los verdaderos problemas. Es decir, terminar con la incompetencia de los gobiernos y la desesperanza de las sociedades”. Ve altamente factible un efecto dominó como al parecer se está dando, y “con toda seguridad” en Siria y Arabia Saudita, además que advierte un escenario probable en Irán por la dinámica mostrada por la juventud.

Ahora bien, independientemente de las causas es muy cierto que esto traerá como consecuencia una aceleración de la inflación, la cual, en comparación con otros momentos, no se podrá contener fácilmente con cuentas equilibradas en las finanzas públicas de los gobiernos ni con políticas monetarias de constricción (retirar dinero de la circulación). Algunos han aventurado el señalamiento de que podría darse algo similar a lo ocurrido en los setenta del siglo pasado.

Como se recordará, en aquellos años la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) endureció su política de precios pues consideró que los bajos precios que se pagaban no reflejaban la imperiosa necesidad que el mundo tenía de los hidrocarburos. La memoria da cuenta de que en 1970 el barril se cotizaba a 2.53 dólares y que para 1980 alcanzaba los 41 dólares, esto es, en una década el precio se multiplicó por la friolera de 16.2 veces, es decir un incremento de más de 1,600%. Este aumento trajo muchas secuelas, una de ellas, la búsqueda y utilización de otras fuentes de energía (fue la época en la que, por ejemplo, Brasil en América Latina empezó a fabricar gasolinas a partir del alcohol de la caña de azúcar), pero otra fue un fenómeno de la época: los petrodólares, término nacido en 1973 para designar a los dólares estadounidenses provenientes de la venta de petróleo. Los países de la OPEP obtuvieron en aquellos años grandes cantidades por esa exportación y se les presentaba la disyuntiva de qué hacer con ese dinero. Una muy buena parte de los petrodólares fue depositada en los bancos transnacionales -los depósitos de los miembros de la OPEP en dichos bancos pasaron de 82 mil millones de dólares (mmd) en 1975 a 440 mmd en 1980, o sea que en cinco años se multiplicaron 5.3 veces-, por lo cual cuanto más dinero depositaban más bajas eran las tasas de interés que ofrecían y cobraban las instituciones financieras. Y ese fue otro efecto del dinero, tenía que ser prestado por los bancos, dinero que era ofrecido con intereses bajos a países en desarrollo, particularmente a América Latina y mucho más específicamente a los países de la región productores de petróleo (en términos relativos fue mucho mayor la deuda contratada por México, Venezuela, Ecuador, que por el resto). A principios de los ochenta el frágil castillo voló por los aires hecho pedazos: ya había tanto petróleo en el mercado que, como cualquier otra materia prima cuyo precio depende de la oferta y la demanda, su cotización se vino abajo y las tasas de interés internacionales se dispararon al alza detonando la llamada crisis de la deuda en los países latinoamericanos (a inicios de 1982 México no tuvo para pagar el servicio de su deuda externa).

Con todo lo que ha aumentado el precio del crudo es obvio que todavía no se vive algo igual a lo de aquellos años. El mayor problema está, en primer lugar, en el ambiente de sublevación en el mundo árabe que, hasta ahora, no se observa vaya a amainar. En segundo término, mientras ese clima continúe será prácticamente imposible que no reine el nerviosismo en los mercados: la volatilidad del precio y la incertidumbre que genera hacen más complicado el control de la inflación y la recuperación económica mundial.

Por si lo anterior no fuera suficiente, hay otro elemento cuyo combate exige más que buena fe y voluntad política. Lo dice bien un editorial (“Inflación petrolera”) del diario español El país: “existe hoy una amenaza tan grave como la del crudo para la estabilidad de los precios y, en general, para la buena marcha de la economía mundial: la burbuja de los alimentos. Desde 2009, el indicador de precios de estos productos cotizados en los mercados, que incluye la carne, el trigo, aceite de soja, el maíz o el azúcar, se ha multiplicado por dos veces y media. Si se tiene en cuenta que los países árabes dedican los porcentajes más elevados de renta al consumo de alimentos, se deducirá fácilmente que la subida explosiva de los alimentos básicos ha tenido mucho que ver en la crisis norteafricana. Esta burbuja puede tener peores consecuencias para la estabilidad económica mundial que las subidas del crudo”.

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