Escuchar el clamor del silencio

Escuchar el clamor del silencio
Fernando Calzada Falcón
A contraluz

Hace más de 45 años en Los sonidos del silencio cantaban Simon & Garfunkel: Y en la luz desnuda vi / Diez mil personas, tal vez más, / Gente que hablaba sin hablar, / Gente que oía sin escuchar, / Gente escribiendo canciones que las voces jamás compartirán, / Y nadie se atreve a perturbar el sonido del silencio. / “¡Idiotas!, dije, “No saben / Que el silencio crece como un cáncer, / Escuchen mis palabras que tal vez les enseñen, / Tomen mis brazos que tal vez los alcancen”. / Pero mis palabras cayeron como silenciosas gotas de lluvia / Haciendo eco en las fuentes del silencio (traducción de Claudia Aguirre Walls y Juan Villoro en El rock en silencio).

Sonidos varios se entremezclan con silencios. De un mundo de mudos se pasa a uno de estruendos con rapidez inusitada. Y sin embargo, sonido y silencio son distintos, pero se vinculan. Algo así encarnó, por ejemplo, el paso del cine mudo al cine sonoro. J. M. Tasende en ¡Acción! Memorias de un espectador. El cine de John Ford, explica que éste “se da cuenta de que…la fonética produce un nuevo efecto sobre el silencio y éste deja de ser una limitación para convertirse en un recurso… Él (Ford) utiliza sonido y silencio para aumentar el dramatismo”. Es decir, de acuerdo con Tasende, cuando existe el sonido, el silencio adquiere otras connotaciones: una secuencia pautada de sonidos y silencios multiplica, magnifica, la importancia de unos y otros; es diferente cuando sólo fluye un interminable vocerío en el que nadie escucha a los demás o cuando el silencio es omnipresente y no hay ni murmullos. Precisamente, Ingmar Bergman en Gritos y susurros (nominada en 1973 a varios Oscar) intenta a través del color rojo mostrar el interior del alma; de este modo, la imagen (un elemento contrario y complementario cuya apreciación requiere de un sentido distinto del oído), compagina y envuelve al sonido y al silencio: en la trama son dos hermanas con personalidades altamente contrastantes frente a una tercera hermana moribunda. Por eso es que Tasende llega a la conclusión de que “la grandeza de un film no está ni en el sonido, ni en el color, ni en los efectos especiales, sino en la profundidad y eficacia con que el director es capaz de transmitir sus ideas y sentimientos”.

Un político tendría que saber interpretar el sonido del silencio. Hay quienes consideran que el gran aporte de Freud se encuentra en su magna obra La interpretación de los sueños (en donde sostiene que los sueños son deseos reprimidos y que la tarea de interpretarlos debe partir de la necesaria distinción, por un lado, del sueño “manifiesto” o sueño experimentado a nivel de la superficie y, por otro, el sueño “latente” que son pensamientos que se expresan a través de un lenguaje especial; pero la explicación no es sobre todo el sueño en su conjunto sino sobre sus partes componentes que simbolizan algo en particular, según explica Euroresidentes). Todavía se espera que alguien asuma el reto de escribir una obra fundamental que fuera consultada por políticos, cuyo título tentativo pudiera ser La interpretación de los silencios, la que, por supuesto, contrastaría con un título como El silencio de los inocentes.

Después de lo que él supone acaba de ser una clara y detallada exposición acerca de lo que es, digamos, una derivada en el cálculo diferencial, el profesor pregunta a los alumnos: ¿entendieron? ¿Hay alguna duda? El grupo, por toda respuesta, ofrece el silencio. Aquí caben dos posibilidades: o a todos les pareció tan clara y diáfana como irrebatible la explicación o no hubo quien entendiera ni jota. El buen maestro hará la lectura adecuada de esa contestación; en cambio, el malo tomará el camino sencillo de seguir adelante suponiendo que, si los alumnos callaron, comprendieron. Una simple manifestación puede tener significados diversos. Y desde luego, distintos silencios o diferentes momentos o etapas de silencio pueden querer decir lo mismo. Cuando se dice que un político es sensible, cabe pensar que posee el sentido del oído y que, por ende, está muy atento a él y procesa adecuadamente lo que oye; en consecuencia, debería entender qué entraña o revela la ausencia de voces en la sociedad, así como, se supone, quedan claras las opiniones vertidas en la prensa escrita y electrónica o lo que dice una concentración masiva que se expresa con gritos.

En alguna ocasión le escuché a Eliezer Morales, profesor y amigo, que, en la política como en la música, el silencio juega un papel tan importante como el cúmulo de sonidos armónicos. Ejemplos recientes del desastre que implica no haber entendido a tiempo qué querían los ciudadanos (y los jóvenes en especial), se han vivido en Túnez y en Egipto: Ben Alí y Hosni Mubarak, con tantos años en el poder padecían de insensibilidad, particularmente, en algún momento perdieron (si lo tuvieron cierta vez) el sentido del oído o simplemente no pudieron interpretar correctamente el silencio. En estos mismos días hay muertos, disturbios y muestras de descontento en Libia, Baréin, Argelia, Yemen y otros países árabes, los cuales se encuentran tan cerca de la democracia en el sentido occidental del término como de un destino desconocido. Y todo porque los gobernantes no escucharon oportunamente el silencio.

Quizá haya sido así cuando se acercaba, hasta que llegó, el derrumbe del socialismo. Según relata Eric Hobsbawm en Historia del siglo XX, en la Unión Soviética y en los países de Europa del Este, en la segunda mitad de los ochenta no era “extraño que la mayor parte de la gente optara por una vida tranquila que incluía los gestos formales de apoyo (votaciones o manifestaciones) a un sistema en el que nadie –excepto los estudiantes de primaria- creía, incluso cuando las penas por disentir dejaron de ser terroríficas… Casi nadie creía en el sistema o sentía lealtad alguna hacia él, ni siquiera los que lo gobernaban. Sin duda se sorprendieron cuando las masas abandonaron finalmente su pasividad y manifestaron su disidencia (el momento de estupor fue captado para siempre en diciembre de 1989, con las imágenes de vídeo que mostraban al presidente Ceaucescu ante una masa que, en lugar de aplaudirle lealmente, le abucheaba), pero lo que les sorprendió no fue la disidencia, sino tan sólo su manifestación…”

Existen políticos que acostumbran externar preocupación (muchas veces realmente dispuestos a prestar oído y en otras fingiendo un interés inexistente) por las distintas voces de la sociedad, ya sea en su papel de gobernantes para atender aspiraciones, demandas y disgustos, ya sea en su rol de aspirantes a cargos de elección popular para prometer que resolverán los problemas denunciados. Aquí no se me ocurre más que recordar el poemínimo ¡Atención! de Efraín Huerta: Cuidado / Amigos: / Las / Experiencias / Engañan.

fcalzadaf@mileniotabasco.net

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