Tulipanes y euforia financiera

Acabo de leer un magnífico libro de John Kenneth Galbraith, Breve historia de la euforia financiera. Galbraith(1908-2006), fue seguidor de la doctrina de Keynes y profesor de la Universidad de Harvard en Estados Unidos. Escribió numerosos libros, entre ellos, verdaderos clásicos como El crack del 29, o La sociedad opulentaEl nuevo estado industrial, etcétera, los cuales tienen un carácter divulgativo, es decir, alejado de la jerga, tecnicismos y sofisticación matemática que suelen emplear los economistas.

La euforia financiera que desemboca en un choque violento (caída libre) y nunca de forma gradual, tiene tres elementos comunes que se han presentado durante siglos. El primero: la euforia es parte integrante de la especulación y se caracteriza por una locura colectiva donde los participantes del juego escapan de la realidad. En un inicio el precio del objeto de la especulación (tierra, dólares, acciones, el que sea) aumenta. Los que compraron hoy suponen valdrá más mañana. Este incremento llama a nuevos compradores, quienes con su demanda provocan mayores precios. Esto, a su vez, es un imán para atraer más compradores y el auge continúa; los últimos en entrar no reparan en que su integración paga las ganancias de los que se incorporaron antes: “la especulación se construye a sí misma y se proporciona su propio impulso… (hasta que) los que estuvieron cabalgando en la cresta de la ola deciden que ya es tiempo de retirarse”. Siempre hay un participante que advierte que el precio ya no puede ser tan alto en comparación con su valor razonable.

El segundo factor es la extrema fragilidad de la memoria financiera. El desastre de la última experiencia se olvida fácilmente, ya sea porque el mismo instrumento cambió de ropaje o porque la colectividad cree que, en efecto, se puede hacer rica de un día para otro. “Debe de haber pocos ámbitos de la actividad humana en los que la historia cuente tan poco como en el campo de las finanzas”.

El tercer elemento que determina la euforia es “la engañosa asociación de dinero e inteligencia”. Y es que “en toda actitud favorable a la libre empresa… subyace una acusada tendencia a creer que cuanto más dinero, ingresos o bienes tiene un individuo o si está asociado a ellos, más profunda y más exigente es su percepción de los asuntos económicos y sociales, y más agudos y penetrantes sus procesos mentales. El dinero es la medida de toda realización capitalista. A más dinero, mayor es el logro y la inteligencia que lo apoya”. Como para la mayoría adquirir dinero es difícil y las sumas que obtienen son insuficientes, suponen que esa posesión de dinero rápido “debe asociarse a algún genio especial”. Súmese el aire de confianza en sí misma y de autosatisfacción que generalmente asume la persona opulenta.

Aunque cada época de euforia se hace acompañar de supuestos instrumentos innovadores y de operaciones hipotéticamente novedosas, en realidad apenas son pequeñas variantes de un esquema ya establecido: “el mundo de las finanzas aclama la invención de la rueda una y otra vez, a menudo en una versión más inestable”. Todas esas innovaciones han terminado en crisis porque, todas, han implicado la creación de una deuda garantizada por unos bienes más limitados, una deuda desproporcionada respecto a los medios de pago previstos. Tan ha sido así desde hace siglos que Galbraith hace una reseña de los episodios que registra la historia.

La primera explosión especuladora se produjo en Holanda en la década de 1630, la tulipamanía. El tulipán (Tulipia, de la familia de las liliáceas), flor silvestre nacida en el Mediterráneo, llegó a Amberes allá por 1562 y su conocimiento y valoración aumentó paulatinamente, hasta que lo hizo de forma extraordinaria. Su gran valoración, dada su hermosura y rareza, empezó a expresarse en precios elevados. Toda Holanda quería invertir en tulipanes. Véase el siguiente tipo de cambio: un bulbo de tulipán podía comprar “un carruaje nuevo, dos caballos tordos y un arnés completo”. De hecho, un bulbo podía cambiar de manos en muchas ocasiones antes de llegar a plantarse. Y los precios seguían aumentando sin límite. Para hacerse de bulbos se ofrecían a la venta hasta las casas. Cada aumento de precios convencía a más personas de que debían participar en la jauja. Se tomaba dinero prestado para comprarlos. El final llegó en 1637: algunos empezaron a abandonar el carrusel; otros se percataron de ese comportamiento y el resto entró en pánico. Quienes hipotecaron sus propiedades para obtener un crédito se quedaban sin nada. Después vino una depresión económica que tardó décadas. Conclusión: “jamás algo tan improbable contribuyó en tan sorprendente medida al engaño masivo”.

Otro famoso episodio es el protagonizado por John Law en París que tuvo la idea en 1716 de emitir billetes que su banco utilizaba para pagar las deudas del estado. Al principio, los billetes podían ser intercambiados si se deseaba por moneda acuñada. Como los billetes fueron bien recibidos se emitieron más y más y más. Pero eso requería de una fuente de ingresos en metálico y se creó la Compañía del Mississippi que explotaría los grandes yacimientos de oro que se suponía existían en Luisiana, Estados Unidos. No había pruebas de la presencia de yacimientos, pero como se quiere creer nadie se preocupó por eso. Incluso se tienen reportes del arrojo y decisión que mostraban las mujeres que ofrecían su cuerpo a cambio del derecho a adquirir acciones. Y llegó el fin en 1720. El príncipe de Conti quiso cambiar sus billetes por oro y así el público empezó a creer que era mejor tener oro que billetes. Se trató de restaurar la confianza: se reclutaron mendigos, se les disfrazó y equipó con palas y desfilaron por las calles como si fueran a irse a trabajar a Luisiana, pero aún así el público se volcó hacia el banco para exigir su dinero en oro; la desesperación era tan grande que cierto día quince personas perdieron vida en las apreturas.

Otros ejemplos: una empresa recogía dinero del público ofreciendo (textualmente): “una iniciativa muy ventajosa, pero que nadie sabe en qué consiste”. O también el caso de una emisión de valores en Londres que se proponía el drenaje del mar Rojo “con objeto de recuperar el tesoro abandonado por los egipcios tras el paso del mar Rojo por los judíos”. O el negocio inmobiliario de Ponzi que ofrecía terrenos seleccionados en Florida de “primera línea de playa”, pero estaban distantes de ésta de 15 a 25 kilómetros. Y no se piense que estas son exageraciones. Siguen sucediendo con distinta envoltura en nuestros días, como ocurrió en 2008 en Estados Unidos y Europa con la utilización mañosa de los derivados financieros (otro instrumento novedoso) que condujo a la crisis. Y seguramente sucederán cuando la rueda se redescubra una y otra vez.

Fuente: Asesor en Panoramas Económicos de Reale, Fernando Calzada Falcón

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