El fútbol del gobernante

Francamente, no puedo imaginar a un manager darle a su boxeador en una pelea la instrucción: “que no te pegue un golpe y tú propínale muchos, entre más fuertes mejor”. Tampoco podría comprender a un coach que a sus peloteros en turno al bat les mande señales de conectar un jonrón. Y estoy seguro que jamás escucharemos a Pep Guardiola decirle a sus jugadores del Barcelona “presionen al rival, quítenles la pelota, toquen, hagan cambios de velocidad y metan gol”. Es decir, quienes conocen estos deportes saben que cualquiera que diga tales cosas, en realidad no les señala qué hacer ni cómo, pues se trata de obviedades o de objetivos no siempre alcanzables.

Y entonces, ¿por qué pensamos que sí es posible que un aspirante a la presidencia vaya a cumplir su oferta de inflación baja, crecimiento económico dinámico, aumento del empleo, incremento salarial superior a la inflación, cuentas equilibradas con el exterior, cero déficit público, abatimiento de la pobreza, disminución de la desigualdad social? Estas son como señales de jonrón, es decir, sería muy bueno si conforme a los deseos de alguien se pudieran alcanzar dichos objetivos, pero como dirían los clásicos, las cosas no son así, ni aquí ni en China. Incluso, algunos de estos objetivos se contraponen, por ejemplo, no son compatibles cuentas externas equilibradas y crecimiento económico.

El gobernante desempeña un papel similar al de un técnico, un manager o un coach. Debe dar instrucciones claras a sus funcionarios para alcanzar los objetivos. Y los dirigidos deben seguir esas indicaciones y quien se niegue a hacerlo debe ser sustituido, así se trate de la estrella del equipo. Es lo que hace Mourinho, Alex Ferguson o Reinoso, cualquiera que tenga noción. Por eso, desde un principio se debe ubicar a cada quien donde corresponda. Son contadísimos los casos en el deporte donde alguien haya destacado en más de una posición. Lo pudo hacer Jorge Campos jugando para Pumas, Atlante o la misma selección: era un buen delantero y un excelente portero, el mejor de su época. Así fue Babe Ruth, un muy buen pitcher pero también un gran jardinero y tremendo bateador, uno de los tres más grandes jonroneros de todos los tiempos (a los 21 años lanzó en la Serie Mundial el cuarto juego donde le anotaron una carrera en la primera entrada y ninguna otra en el que tiró las 14 entradas en que cayó el out 27; dos años después volvió a la Serie, lanzó completo el primer juego y le pudieron anotar una carrera hasta la octava entrada del cuarto juego en el que también abrió, o sea fueron casi 30 entradas que no aceptó anotación. Y como bateador pegó 714 cuadrangulares de por vida, marca que permaneció 39 años, cuando la rompió en 1974 Hank Aaron y después la de éste Barry Bonds, quien se vería envuelto en un escándalo por el consumo de drogas para aumentar su poderío).

El gobernante lo mismo que un técnico tiene un estilo definido. Los equipos de cada gobernante y de cada técnico trabajan y se comportan según se les instruya. Así, por ejemplo, el estilo de gobernar de Díaz Ordaz era muy distinto del de su sucesor Luis Echeverría; o más contrastante, el de López Portillo, quien disfrutaba su elocuencia y formación intelectual al pronunciar cualquier discurso, que el de Miguel de la Madrid, más bien parco y poco expresivo. Y ni qué decir de Zedillo y Fox, uno que al parecer le disgustaban los micrófonos y el otro que iba de una ocurrencia a la otra. Igual sucede con los técnicos: los equipos dirigidos por el Tuca juegan de forma muy diferente a los Pumas actuales con Memo Vázquez en el timón. Desde luego, estilos distintos pueden alcanzar resultados similares, por ejemplo, un campeonato o altas tasas de crecimiento económico como ocurrió con los dos presidentes durante el desarrollo estabilizador, López Mateos y Díaz Ordaz, tan distintos que uno era apuesto y el otro poco agraciado, vaya, hasta el recuerdo colectivo al momento de la muerte no pudo ser más desigual: uno muy querido y otro bastante odiado. Pero queda claro que, por muy diversos que sean los estilos, se tiene que ser igualmente efectivos.

Muchas veces el director técnico tiene que acoplarse a los jugadores que tiene el equipo, pero a uno como Mourinho, Ferguson o Guardiola, los dueños le consiguen (casi) al jugador que quiera, ya que no hay limitaciones con la chequera. Algo parecido ocurre con el gobernante: por un lado, incorpora al equipo a personajes que, por él, no los hubiera nombrado, pero lo hizo por compromisos con grupos distintos al suyo; por otro, nombra a aquellos de su propio grupo político para determinado cargo porque estima que allí darán buenos resultados. La cosa se pone interesante cuando los resultados no son tan positivos como se esperaba: en ocasiones hay que insistir en el esquema, no obstante, no se puede llegar a ser tan terco como para no ver la realidad. Suele ocurrir que persistir es señal de sabiduría, pero en otras es simplemente una necedad. Así, ha habido presidentes que insistieron en mantener a funcionarios a pesar de lo evidentemente limitados o abusivos (de nuevo López Portillo como ejemplo con el negro Durazo, su amigo y compañero de la secundaria); lo mismo que técnicos de fútbol: allí está el célebre caso de Mejía Barón contra Bulgaria en el mundial de 1994 que se fue a tiempos extras y, sin embargo, decidió no hacer cambios en todo el partido).

Igualmente, gobernantes y técnicos deben ser ecuánimes (no condescendientes) al juzgar, pues también se debe entender que el contrario juega y lo hace, así mismo, con un estilo definido: que lo diga Ferguson que en dos oportunidades no ha podido contra Guardiola. Los deseos o la voluntad pueden estrellarse indefinidamente contra una realidad. Un gobernante enfrenta a una oposición que literalmente tiene juego propio; esa oposición puede ser furibunda o civilizada y lo presionará, obvio, para impedir el lucimiento de aquel. No hay recetas: lo que en condiciones normales siempre funcionó, de pronto puede fallar; lo que siempre fue una mala opción puede transformarse inesperadamente en la más idónea.

Bien haría el presidente y cualquier gobernante en dar instrucciones entendibles y precisas a sus colaboradores para lograr los objetivos en cada área e imponer disciplina. La indecisión y la pérdida de autoridad en los momentos en que se requiere más estabilidad no son recomendables. El espectáculo que dan los secretarios que aspiran a la candidatura, descuidando su responsabilidad institucional, es lamentable. Vemos el tímido destape de Cordero, los afanes protagónicos de Lozano, el proselitismo de los fines de semana de Lujambio diciéndole hasta a los que no quieren escuchar que él si puede derrotar a Peña Nieto o a cualquier otro. Si no pone orden, las cosas irán mal. Eso lo saben los aficionados que ven desplantes y vacilaciones de los jugadores ante una disposición de su superior. ¿O qué, jugadores y funcionarios juegan a lo que ellos quieren?

Nos vemos aquí el próximo miércoles.

Fuente: Asesor en Panoramas Económicos de Reale, Fernando Calzada Falcón

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